Orquesta Sinfónica de Burgos. Burgos, ciudad de la convivencia.

Notas al programa. 25 de noviembre de 2012.

El triunfo del optimismo

ANTONIO JOSÉ: Sinfonía Castellana; Marcha de los soldados de plomo; BERNSTEIN: Obertura de Candide; GINASTERA: Suite Estancia. En el joven Antonio José llama poderosamente la atención su capacidad para aprender y asimilar. A través de esta Sinfonía Castellana (1923), podemos imaginar la atención con que absorbía toda la música de los conciertos que escuchó en su etapa madrileña (1920-1922), época absolutamente determinante para su formación como compositor. En cuanto a la estructura formal, la personalidad del creador destaca en la concepción de una sinfonía en cuadros interrelacionados, más que en movimientos sinfónicos. La interrelación tiene lugar en el tratamiento cíclico de dos temas melódicos principales, ambos de origen popular, catalogados en el Cancionero de Olmeda (Penosita y Esto sí que va güeno). El compromiso de Antonio José con la canción popular burgalesa, “germen de toda belleza”, será una constante en toda su producción musical. De hecho, en su época burgalesa como director de Orfeón, su labor compositiva se desvía de la inicial rama sinfónica e instrumental hacia la investigación etnomusicológica y su proyección en la música coral. En la sinfonía, el tratamiento de los temas populares se produce de todas las maneras preceptivas, a las que el joven compositor, que ha absorbido en Madrid las escalas y armonías de Ravel y Debussy, añade otras, cargadas de imaginación e intuición y revestidas con el hedonismo del sugerente lenguaje tímbrico e interválico de los maestros franceses. Los dos cuadros centrales, tal vez los más logrados, desdibujan la rectitud de los perfiles melódicos, otorgando a los mismos inusitada sinuosidad. El afrancesamiento del original material castellano y de los ropajes que lo envuelven es tal que, si no se conoce las melodías de antemano, la obra sería perfectamente localizable al norte de los Pirineos. Así es el primer estilo de Antonio José. En el último movimiento, sin embargo, la melodía se despoja de dichos ropajes sensuales, como la contemporánea poesía de Juan Ramón, para mostrarse en su pureza popular. Aquí, la conexión con las obras del último Falla es evidente. No obstante, Antonio no conocía éstas últimas, lo que implica un dato más interesante, si cabe: ambos compositores, por separado, estaban acercándose a conclusiones similares.

Puesto que el final de la obra data de 1922 (en su original versión pianística como Sonata Castellana) y el autor nació en diciembre, estamos hablando de una obra finalizada antes de cumplir los veinte años. Si curioseamos en datos de la historia sinfónica posterior al Clasicismo, encontramos la siguiente conclusión: tan sólo un puñado de autores concluyeron su primera tentativa en el género sinfónico a la misma edad que Antonio José, entre ellos Wagner (con su Sinfonía en Do, imbuida del el espíritu beethoveniano), Schostakovitch y el mismo Bernstein (Sinfonía Jeremiah). Sólo un par de nombres de otra época podrían superarle en precocidad: Mendelssohn y Schubert (a los 15 y 16 años respectivamente). De este modo, a la gran mayoría de los nombres ilustres les llevó más tiempo firmar su primera sinfonía. Schumann (31), Tchaikovsky (26), Ives, Nielssen y Mahler (27), Berlioz, Dvorak y Prokofiev (25), Sibelius (33) y, por supuesto, Brahms y Bruckner (en torno a los 40). La diferencia con quienes le igualan estriba en que la mala suerte no se personó en sus vidas en forma de extravío de la partitura, como sí ocurrió en el caso de Antonio, quien cometió la imprudencia de enviar su original, con vistas a un posible estreno, a Arbós, que debió traspapelarla. El paradero de la partitura permaneció desconocido durante décadas hasta que Miguel Ángel Palacios obtuvo el feliz fruto de muchas horas de trabajo rebuscando en los archivos de la SGAE. Allí encontró el manuscrito, que cuenta con la dedicatoria más hermosa que concibiera artista alguno: A mis padres, unos padres que jamás escucharon una nota de la obra. Triste, tristísima es la historia de esta sinfonía. En primer lugar porque su pérdida supuso la imposibilidad para el autor de realizar correcciones a posteriori. De esta forma, la sinfonía que constituía para él la iniciación plena y esperanzada de un risueño porvenir, jamás pudo madurar, ver limadas sus asperezas de manos de su legítimo creador, para encontrar una forma definitiva, libre de aquellas aristas (escasas, no traten de buscar donde no hay) que pudieran impedirle pasar a formar parte de un repertorio orquestal global. En segundo lugar, la desolación que acompaña a la historia de la obra tuvo lugar en un nuevo asesinato del autor, perpetrado esta vez por el olvido, episodio conocido por todos los presentes.

La Orquesta Sinfónica de Burgos presenta esta noche la obra por segundo año consecutivo. Ya lo hizo en 2011, por vez primera en el Teatro Principal, setenta y cinco años después de que el autor pisase aquel querido escenario por última vez el 18 de julio de 1936. En las notas al programa de aquel concierto, Alberto Alonso indicaba certeramente que Antonio José hubiera contemplado con alegría la interpretación de dicha obra por parte de la orquesta sinfónica de su ciudad. Afortunadamente, no estaba aquí para comprobar la nula repercusión que tuvo el acontecimiento los días previos y posteriores. A nadie pareció importar la satisfacción que hubiese sentido Antonio José al ver interpretada su obra en su teatro, cuando a él pocas cosas le complacían tanto como el sentir que su música se valoraba. Curiosamente, unos días después, una “gran noticia” sí que captó la atención de la prensa a toda página: una foto de una banda tocando en Pradoluengo, ¡en la que un clarinetista se parecía al compositor e incluso podría ser él! La interpretación de este hecho es clara: A Burgos no parece interesarle su música, pues vemos que ésta no excita nuestra curiosidad, mientras que sí lo hace un hecho anecdótico. Quizá pensando que así nos redimiríamos de los dos primeros crímenes sobre su persona, hemos reivindicado su muerte pero, en algunos casos, no su obra. Desgraciadamente, ¿no es éste, esta vez perpetrado por la ignorancia y la indiferencia, un nuevo crimen -y van tres-? Deberíamos pararnos a reflexionar si, con sinceridad, tendríamos alguna consideración hacia el Antonio José músico, si en vez de haber caído asesinado en un paraje desangelado, hubiese fallecido de muerte natural. Con demasiada frecuencia tiene uno la sensación de que, al hablar de Antonio José, la música es algo secundario. ¿Nos damos cuenta de que con frecuencia hablamos -y ciertamente creemos hacerlo con propiedad- de un “genial compositor”, cuando no conocemos ni el título de tres de sus obras, o que creemos haber cumplido con él por incluir el segundo acto de su ópera en la inauguración del auditorio nuevo? Con todo (y he aquí, no más allá de los muros de este Fórum, el triunfo del optimismo), la presencia de Antonio José en la vida musical de la ciudad continúa. A pesar de este sentimiento desmoralizado que, hace unos meses, Palacios expresaba con pesar al desistir de toda esperanza de poder ver una interpretación íntegra y digna de El mozo de mulas, su música se programa en la provincia más que nunca; hoy, con esta tercera interpretación en Burgos de la Sinfonía Castellana y, durante todo el año, en el seno del mundo coral, la más hospitalaria morada de Antonio José, que le tiene siempre en programa.

La Diputación Provincial de Burgos encargó a Alejandro Yagüe hacia 1988 la orquestación de la marcha de los soldados de plomo  (1929) “de mi amigo Ontañón”, pues la obra sólo se había conservado en su versión para piano. En ella se destaca, en el aspecto tímbrico, los caracteres grotescos de las figurillas, todo ello enmarcado en la atmósfera raveliana de los cuentos de Ma mère l’oye y con cierta caracterización caballeresca que, en algún momento, quiere recordar al Retablo de Maese Pedro, de Falla. Es una obra tan corta, tan europea y tan bien engranada que resulta inevitable lamentar que su autor no siguiese adelante con el ballet para la que estaba proyectada.

La obertura de Candide (1956) goza de gran reconocimiento como obra autónoma de concierto. Posee un indudable torrente de empuje y vitalidad que sintetiza con precisión el tenor general del resto de la opereta. Bernstein se basa en el Candide de Voltaire, que concibe el optimismo como la fuerza que mueve el mundo. El compositor, uno de los iconos neoyorquinos por excelencia a pesar de haber nacido en Massachusetts, fue capaz de cristalizar en esta música el sentimiento nacional norteamericano sin recurrir al espíritu del jazz. La síncopa de Candide no es jazzística sino la del sonido de Broadway, que constituye, desde el segundo tercio del siglo XX, una nueva base folklórica para la música, tan norteamericana como la del swing y la blue note.

La Suite Estancia (1941) fue compuesta por un joven que deseaba contribuir a la construcción de un lenguaje musical nacional en Argentina. Evidentemente, el recurso del que dispuso, como todos los autores del nacionalismo del siglo precedente, se encontraba en el variado folklore musical de su país. Se trata de una breve suite en cuatro cuadros que trata el material popular de forma no literal, con la subjetividad de un punto de vista vanguardista que lo aleja de la retórica romántica. El gran despliegue tímbrico de la sección de percusión, hace que el protagonista desde el primer compás de la escena primera, así como en las dos últimas, sea la frenética disposición rítmica de los acentos, con referencias evidentes a Stravinsky en la tercera de ellas, Los peones de hacienda. La segunda escena, Danza del trigo, en contraste, evoca una delicada y plácida languidez en mitad de la extensa campiña argentina, y parece inspirada en el segundo tema de su célebre Danza de la moza donosa (1937). El cuarto de estos cuadros responde al ritmo del malambo, danza que Carlos Vega, el campeón de la etnomusicología argentina, define como “varonil y recia”, pues con ella mostraba el gaucho su vigor y destreza en tabernas y festejos. El efecto final se alcanza con una larga y enardecida coda entre el arrebato de un seis por ocho correspondiente al zapateado, que se adornaba, buscando la espectacularidad, con elementos folklóricos pamperos como espuelas o boleadoras-

© Enrique García Revilla 2012

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Enrique García Revilla. PhD.
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2 Responses to Orquesta Sinfónica de Burgos. Burgos, ciudad de la convivencia.

  1. Alfonso says:

    Unas notas al programa muy, muy acertadas, sobre todo, en lo que a nuestro Antonio José se refieren

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