Suicidio por entusiasmo. Un relato de Hector Berlioz. Parte primera.

Las tertulias de la orquesta, de Hector Berlioz. Presento aquí el capítulo 12 de la obra berlioziana que da nombre al presente blog. En breve será publicado el libro con la primera edición crítica de la misma en español.

    Los músicos de una orquesta de ópera (Corsino y Moran son dos de ellos) combaten el aburrimiento, que deben soportar en su foso durante la representación de óperas malas, con la narración de historias.

degas

Degas: La orquesta de la Ópera. Óleo sobre lienzo. Museo de Orsay.

 SUICIDIO POR ENTUSIASMO

Una historia real.

    Hoy tocan una ópera italiana, etc., etc.

    Todo el mundo habla. Corsino, especialmente, habla muy alto, gesticula y no para de moverse.

    -¡Vaya! -me dice-. ¡El relato de ayer fue verdaderamente conmovedor! ¿Verdad? Pues os diré que en cierta ocasión, en París, oí hablar de un francés que era aún más impresionable que nosotros. Adoraba La Vestale hasta el punto de dejarse matar por ella. Esto, amigos, es una historia, no un cuento, una prueba de que el entusiasmo musical es una pasión tan fuerte como el amor. Os lo tengo que contar.

    -¡Venga, venga!

    -¡Te escuchamos!

    -¡Moran! ¿Ya estás trompa? ¡Calla un poco, anda!

    Moran, el primer trompa, deja su instrumento en el estuche y Corsino comienza:

    -Titularé mi historia Suicidio por entusiasmo.

 ………………………………………………

      En 1808, un joven músico llevaba tres años desempeñando, con evidente disgusto, su empleo de primer violín en un teatro del sur de Francia. El hastío que le embargaba cada tarde en el foso, donde casi todos los días había que acompañar partituras del estilo de El Tonelero, El rey y el granjero, Los novios prometidos*, le había hecho pasar ante la opinión de sus colegas como un pedante que presumía de gustos elevados. Para ellos era un arrogante que despreciaba la opinión del público, cuyos aplausos le hacían encogerse de hombros, y la de sus compañeros, a los que consideraba unos ignorantes. El desdén de sus risas y sus movimientos de impaciencia cada vez que algún pasaje nuevo llegaba a su arco, le habían costado frecuentes y severas reprimendas por parte de su director de orquesta, al que hubiera presentado su dimisión hacía ya mucho tiempo si la pobreza, que casi siempre parece elegir como víctimas a personajes de este tipo, no le hubiese atado irrevocablemente a su aceitoso y ahumado atril.

    Adolphe D*** era, obviamente, uno de esos artistas predestinados al sufrimiento. Perseguía sin descanso su propio ideal de lo bello y odiaba con furor todo aquello que no encajase en ese ideal. Gluck, cuyas partituras había copiado para conocerlas mejor y que conocía de memoria, era su ídolo#. Lo leía, lo tocaba y lo cantaba a todas horas. Un aficionado al que daba algunas lecciones de solfeo, cometió la imprudencia de decirle un día que las óperas de Gluck no eran más que muchos gritos y un canto monótono. D***, enrojeciendo de indignación, abrió precipitadamente el cajón de su escritorio, sacó una docena de recibos de las clases que aún le debía el aficionado y, arrojándoselos a la cara, le dijo:

    -Salga de mi casa. No le quiero a usted ni a su dinero. Y si osa volver a cruzar esa puerta, le tiro por la ventana.

    Es lógico que con semejante tolerancia ante los gustos de sus alumnos, D*** jamás hiciera fortuna dando clases. Spontini estaba entonces en la cumbre de su gloria. El éxito clamoroso de La Vestale, del que toda la prensa del país se hizo eco, atrajo a diletantes de cada provincia deseosos de conocer una obra tan alabada por los parisinos. Se produjo tal demanda que los directores de los teatros se vieron en un aprieto para tratar de salvar las dificultades que suponía la producción y puesta en escena de la nueva obra.

    No queriendo quedarse atrás en el movimiento musical, el director del teatro de D***, anunció en cuanto pudo que tenía proyectada La Vestale. D***, como corresponde a toda persona orgullosa de haber recibido una sólida educación, no había aprendido a razonar sus opiniones, por lo que no tardó en mostrar su desfavorable predisposición hacia la ópera de Spontini, de la que no conocía ni una sola nota.

    -Dicen que es un estilo nuevo, más melódico que el de Gluck: peor para el autor, pues a mí me sobra con la melodía de Gluck. Lo mejor es enemigo de lo bueno. Seguro que es un bodrio.

    Con esta disposición ocupó su puesto en la orquesta el día del primer ensayo general. Como concertino, no había tenido que asistir a los anteriores ensayos parciales. Sus compañeros, a pesar de declararse admiradores de Lemoyne, encontraron también cierto mérito en Spontini y, al llegar el jefe de cuerda, comentaron entre sí:

   -¡Veamos que opinará el gran Adolphe!

    Éste permaneció todo el ensayo sin dejar escapar ni una palabra ni un signo de juicio negativo o positivo. Un extraño proceso se estaba produciendo en su interior. Comprendió desde la primera escena que se trataba de una obra seria y poderosa, que Spontini era un genio cuya superioridad no podía dejar de reconocer. Sin embargo no comprendía sus procedimientos, que eran totalmente nuevos para él y que, además, una interpretación de provincias hacía más difíciles de aprehender. D*** tomó prestada una copia de la partitura y se dedicó con afán a leer atentamente el libreto y a estudiar uno a uno el carácter y el espíritu de cada uno de los personajes. En seguida se lanzó al análisis de la parte musical, tratando así de completar la ruta que le llevó a un conocimiento verdadero y completo de la ópera entera. Desde entonces, observaron que se estaba volviendo cada vez más morugo y taciturno, eludía las preguntas que le eran formuladas y emitía una risa sardónica cuando escuchaba a sus colegas expresiones de admiración:

    -¡Imbéciles! -era lo que pensaba- ¿Cómo vais a ser capaces de comprender una obra como ésta vosotros, que admiráis Los novios prometidos?

    Éstos, ante la expresión de ironía impresa en los rasgos de D***, no dudaron de que juzgaba a Spontini tan severamente como a Lemoyne y que condenaba a ambos compositores por igual. Un día en que la interpretación fue algo menos execrable que de costumbre, no pudo contener algunas lágrimas al final del segundo acto. No sabían entonces qué pensar de él.

    -Está loco -decían unos-.

    -Está fingiendo -decían otros.

    -Es un musiquillo fracasado -pensaban todos.

    D***, inmóvil en su silla, sumido en un estado profundo de ensoñación, se enjugaba furtivamente los ojos y no respondía a todas estas impertinencias, pero en su alma se estaba forjando un polvorín de desprecio y de furia. Estaba siendo testigo de cómo la obra que se había convertido en el objeto de su más profunda adoración y que él conocía al detalle, era víctima de torturas de todo tipo: la incapacidad de la orquesta y la de los coros (más evidente aún), la falta de inteligencia y de sensibilidad de los actores, los ornamentos introducidos por la prima donna, la mutilación de cada una de las frases, de cada compás y multitud de irrespetuosos e irreverentes cortesa. Los tormentos que esto le causaba los conozco bien, aunque no sería capaz de describirlos. Cierto día, al finalizar el segundo acto, toda la sala se puso en pie lanzando gritos de admiración y D*** sintió cómo una terrible furia le empezaba a poseer. Un abonado al patio de butacas, lleno de alegría, se dirigió a él para formularle esta banal pregunta:

    -¡Oiga, señor Adolphe! ¿Qué opina usted?

    -Pienso que ustedes -gritó, pálido de cólera-, y todos aquellos que se encuentran en esta sala, son unos necios, unos asnos y unos brutos, dignos todo lo más, de la música de Lemoyne, puesto que en lugar de cargar contra el director, los cantantes y los músicos, al aplaudir toman ustedes parte en la más indigna profanación con que pudiera deshonrarse al genio.

    Esta vez, su excentricidad había llegado demasiado lejos. Por ello, a pesar del innegable talento del fogoso artista, a quien cualquier orquesta apreciaría en sus filas, y a pesar también de la condena a la pobreza que un despido suponía, el director se vio obligado a vengar la injuria pública con el cese del músico.

    No era propenso D*** al gusto por lo caro, contrariamente a lo que es usual en las gentes de temple exquisito. Con su salario y con las ganancias de sus clases particulares, había conseguido reunir algunos ahorros que le aseguraban la subsistencia durante, al menos, tres meses. De este modo pudo amortiguar el golpe de su despido e incluso llegó a considerar su nueva situación como una liberación que habría de resultar positiva para su carrera artística. El principal atractivo de su inesperada libertad consistía en la posibilidad de realizar un viaje que vagamente había podido comenzar a planear desde que le fuese revelado el genio de Spontini. Escuchar La Vestale en París se había convertido en el principal objetivo de su ambición. Sin embargo, cuando parecía que tenía a mano la consecución de dicho propósito, un incidente que no había previsto vino a obstaculizar su camino. Aunque poseía un temperamento lleno de fuego y de pasiones incontenibles, en presencia de mujeres era tímido. Aparte de algunas aventurillas no demasiado poéticas con las princesas de su teatro, el amor ardiente, devastador y desenfrenado, el único tipo de amor que él podía considerar verdadero, no había abierto aún ningún cráter en su corazón. Una noche, al llegar a su casa encontró la siguiente nota:

Señor,

    Si le fuese posible dedicar unas horas a la educación musical de una alumna de un nivel suficientemente avanzado como para no poner a prueba su paciencia, le estaría enormemente agradecida. Su talento es conocido y apreciado, posiblemente mucho más de lo que usted mismo supone. No se sorprenda, pues, si una mujer parisina que apenas ha acabado de instalarse en su ciudad se dirige a usted para confiarle la dirección de sus estudios en el arte al que usted honra y que tan bien comprende.

HORTENSE N***

(continuará)


* Son óperas del compositor maltés Nicolo Isouard (Ópera de París, 1801), de Pièrre Alexandre Monsigny (Opèra Comique, 1762) y de Jean Baptiste Moyne, llamado Lemoyne (Opèra Comique, 1789). Unos párrafos más adelante, Berlioz volverá a hacer referencia a éste último.

# Esta duodécima soirée refleja una carga autobiográfica evidente, tanto en la caracterización de los personajes como en las opiniones sobre la estética musical berlioziana.

a La denuncia de todos estos vicios que estaban de moda en la interpretación de la época constituye una de las constantes en la producción crítica de Berlioz.

© Enrique García Revilla 2013

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Enrique García Revilla. PhD.
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