Suicidio por entusiasmo. Un relato de H. Berlioz. Segunda parte (de 4).

BerliozCDV026 (1) - copia

¡Diez millones de maldiciones caigan sobre los músicos que no cuentan sus silencios! (Berlioz)

(Esta es la segunda parte del relato. La primera está dos posts más abajo)

La mezcla de fatuidad y adulación, expresada con ese tono al mismo tiempo desenvuelto y comprometedor, excitó la curiosidad de D*** quien, en lugar de responder por escrito, resolvió visitar a la mujer en persona para agradecerle su confianza, para asegurarle que, de ninguna manera, se sorprendía y para informarle de que, encontrándose a punto de partir hacia París, no podía llevar a cabo la tarea, incuestionablemente atractiva, que se le proponía. Este pequeño discurso, previamente ensayado con el conveniente tono de ironía, se evaporó de los labios del artista en el momento en que entró en el salón de la forastera. La gracia original y mordaz de Hortense, su elegante y rebuscado porte, y un fascinante no-sé-qué en sus movimientos y en una forma de andar propia de las bellezas de la Chaussée-d’Antin*, produjeron en Adolphe un efecto cautivador. En lugar de soltar la burla que llevaba preparada, comenzó a excusarse por su próxima partida con una evidente sinceridad, a juzgar por la debilidad en la emisión de su voz y la expresión de su mirada. Madame N***, con femenina habilidad, le interrumpió:

     -¿Así que se marcha usted? He hecho bien entonces en no perder tiempo. Podemos comenzar las clases durante estos días que quedan antes de que parta usted hacia París. Nada más finalizar aquí la temporada del balneario, volveré a la capital y estaré encantada de volverle a ver y de poder recibir sus lecciones con más tranquilidad.

    Adolphe, feliz en su interior por haber visto desvanecerse la respuesta negativa que había planeado, se comprometió a comenzar al día siguiente y salió de allí como en un sueño. Ese día no pensó en La Vestale.

    Madame N*** era una de esas mujeres adorables (como se dice en el café de París, en  el Tortoni y en tres o cuatro salones de “dandysmo”) que, como consideran cualquiera de sus propias fantasías deliciosamente originales, piensan que sería un crimen no satisfacerlas. De este modo, profesan un exagerado respeto por sus propios caprichos, por muy absurdos que éstos sean.

    -Mi querido Fr*** -decía hace algunos años una de estas encantadoras criaturas a un famoso diletante-, ya que conoce usted a Rossini#, dígale de mi parte que su Guillermo Tell es una cosa mortal; que se muere una de aburrimiento con ella; y que ni se le ocurra escribir otra ópera en ese estilo, pues entonces Madame M*** y yo, que siempre le habíamos defendido, le abandonaremos de forma irrevocable.

    En otra ocasión:

    -¿Quién es ese pianista polaco recién llegado, por el que todos los artistas se pirran, y que tiene una música tan curiosa? Quiero verle, así que tráigamelo mañana.

    -Madame, haré todo lo posible, pero debo confesar que conozco poco a ese autor de mazurcas y que no lo tengo a mis órdenes.

    -No, no, si ya sé que no está a sus órdenes, pero debe estar a las mías. Cuento con él, pues.

    Al no haber sido aceptada esta singular invitación, la soberana anunció a sus súbditos que el señor Chopin era un poquito original y tocaba pasablemente el piano, pero que su música no era más que un continuo y ridículo logogrifo.

    Un capricho de este tipo fue el único motivo de la impertinente carta que Adolphe recibió de madame N***, en el momento en que se disponía a partir para París. La bella Hortense tocaba el piano verdaderamente bien y poseía una voz magnífica, de la que sabía aprovecharse cuando se trataba únicamente de lucir facultades y no de la expresión del alma. No tenía ninguna necesidad de recibir lecciones de un artista provinciano, pero el desafío lanzado por éste en pleno teatro, a la cara del público, había tenido gran repercusión en la ciudad y había llegado a sus parisinos oídos. No tardó en informarse sobre el héroe de la aventura y se sintió atraída por unas hazañas que le resultaron “picantes”. Entonces quiso tenerlo a su entera disposición. Más tarde, después de haber dispuesto a placer del original y de haberlo probado como se hace con un instrumento nuevo, ya se encargaría ella de darle vacaciones. Sin embargo, todo salió de otro modo, para decepción de la bonita Simia parisienses. Adolphe era muy apuesto. Tenía unos grandes ojos negros llenos de fuego y unos rasgos regulares a los que su habitual palidez otorgaba un ligero toque de melancolía. En ocasiones, cuando el entusiasmo o la indignación aceleraban los latidos de su corazón, un color vivo iluminaba su tez. Su distinguido porte y sus modales eran muy diferentes de lo que se hubiera supuesto en una persona que no había visto más mundo del que podía atisbar a través del agujero del telón de su teatro. Su carácter era apasionado y tímido a la vez, con la más singular mezcla de hieratismo y gracia, de paciencia y brusquedad, de repentina jovialidad y abstracción profunda. Todo ello, sobre todo lo que en él había de imprevisible le convertía en el hombre más capaz de atrapar en su red a una mujer frívola y coqueta.

    Y eso es justamente lo que ocurrió, aunque sin premeditación alguna por parte de Adolphe, porque fue él quien resultó atrapado. Desde la primera lección, madame N*** se ocupó de mostrar con todo su esplendor su propia superioridad musical. En lugar de recibir lecciones, prácticamente era ella quien las daba a su maestro. Las sonatas de Steibelt, el Hummel de la semana, unas cuantas arias de Paisiello y de Cimarosa que ella cubría de ornamentos no exentos de una audaz originalidad, le proporcionaban la ocasión para permitir el lucimiento centelleante de cada una de las facetas de su talento. Adolphe, para quien este tipo de mujer y de interpretaciones eran verdaderas novedades, no tardó en caer bajo su encanto. Tras la gran fantasía de Steibelt (La tempestad), en la que le pareció que Hortense hacía gala de todas las posibilidades del arte musical, temblando de emoción, le dijo:

    -Madame, sé que se burla usted de mí al pedirme que sea su maestro. ¿Cómo podría, no obstante, culparle del aire místico que ha abierto de improvisto el cielo de mis sueños de artista, haciendo de cada uno de mis sueños una brillante realidad? Le ruego que continúe con el milagro mañana, pasado mañana, todos los días y le seré acreedor de los gozos más embriagadores que jamás la vida me ofreció.

   El tono con el que estas palabras salieron de la boca de D***, las lágrimas que rodaban de sus ojos y el movimiento nervioso de sus miembros emocionaron a Hortense más incluso de lo que su talento había podido sorprender al artista. Si bien él se sintió de algún modo asfixiado de emoción por los arpegios, los giros melódicos, las armonías pomposas y las melodías sutilmente engarzadas que nacían bajo las blancas manos de la delicada hada, la naturaleza impresionable y la sensibilidad de aquel, además de su aguda sensibilidad y de las expresiones pintorescas de las que se servía, siempre tan exageradas, también golpearon vivamente a Hortense.

    La pasión que había en las alabanzas del artista no tenía nada que ver con los tibios y estudiados bravos parisinos, que siempre eran poco creíbles. Tan sólo sus fuertes convicciones hubieran sido suficientes para que ella considerase con indulgencia a un hombre menos atractivo que nuestro héroe. El arte y el entusiasmo se encontraban juntos por primera vez. El resultado de un encuentro semejante era fácil de prever… Adolphe, ebrio de amor, no trató de esconder, ni siquiera de moderar, los impulsos de su tan mediterránea pasión, lo que desorientó a Hortense y desbarató el plan de defensa que la frívola mujer había meditado. ¡Todo aquello era nuevo para ella! Aunque no sentía realmente nada que se aproximase a la ardiente pasión de su amante, comprendía que en ella había todo un mundo de sensaciones (puede que incluso de sentimientos) que sus anodinas relaciones anteriores jamás le hubieran desvelado. Fueron felices así, cada uno a su manera, durante varias semanas. Como puede imaginarse, el viaje a París fue pospuesto de forma indefinida. La música era para Adolphe un eco de su profunda felicidad, el espejo donde iban a reflejarse los rayos de su delirante pasión y de donde volvían aún más ardientes hacia su corazón. Para Hortense, al contrario, el arte musical no era más que una forma de esparcimiento que le hastiaba desde hacía tiempo. No le procuraba más que una agradable distracción y el placer de ver brillar los ojos de su amante era con frecuencia el único motivo que le llevaba a sentarse al piano.

    Dedicado por entero a su rabiosa felicidad, Adolphe, los primeros días, había dejado un poco de lado el fanatismo que hasta entonces había llenado su vida. Aunque se encontraba lejos de compartir las opiniones algo extrañas de madame N*** sobre la calidad de las diferentes obras que conformaban su repertorio, realizaba asombrosas concesiones y evitaba, sin saber muy bien por qué, abordar en la conversación aquellos puntos de la doctrina musical acerca de los cuales un vago instinto le advertía que entre ellos había una divergencia demasiado marcada. No hacía falta más que una blasfemia, como la que le había hecho poner en la puerta a uno de sus alumnos, para destruir el equilibrio existente en el corazón de Adolphe entre su violento amor y sus despóticas y apasionadas convicciones sobre el arte. Y un día, esta blasfemia escapó de los bonitos labios de Hortense.

(Continuará)


* Céntrica calle de París, en el distrito XI., entre el Boulevard des Italiens y la iglesia de la Trinidad.

# Esta referencia de Berlioz a un diletante famoso que tiene relación con Rossini, parece basarse en Stendhal, autor de una Vida de Rossini y objeto de numerosas críticas directas e implícitas en los escritos críticos de Berlioz.

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Enrique García Revilla. PhD.
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