Suicidio por entusiasmo. Un relato de Hector Berlioz (parte 3 de 4)

(Esta es la tercera parte del relato, de un total de cuatro. Las dos anteriores están publicadas más abajo. En breve publicaré el tremendo final).

 Ocurrió en una bella mañana de otoño. Adophe descansaba a los pies de su amada, saboreando una melancólica felicidad, ese abatimiento delicioso que sucede a los grandes trances de voluptuosidad. El ateo que había en él, en semejantes momentos, escuchaba elevarse en su interior un himno de reconocimiento hacia la causa desconocida que le dio la vida. La muerte, soñadora y plácida como la noche, según la hermosa expresión de Moorea era entonces el bien supremo al que aspirar, el único que nuestros ojos, cubiertos en lágrimas celestes, pueden entrever para coronar esta embriaguez sobrehumana. La vida ordinaria, vida sin poesía, sin amor, la vida en prosa, la vida en la que uno no vuela sino que tan sólo camina, en la que se habla en lugar de cantar, en la que hay tantas flores de colores brillantes sin perfume ni belleza, en la que el genio no obtiene más que el reconocimiento gélido de un solo día y en la que el arte se une con demasiada frecuencia con malas compañías; la vida, en fin, se presenta bajo un aspecto tan mohíno, desierto y triste, que la muerte, aunque esté desprovista del encanto real que pudiera tener para el hombre ahogado en felicidad, le resultaría deseable al ofrecerle un refugio asegurado contra el temor de una existencia insípida.

    Sumido en tales pensamientos, Adolphe sujetaba una de las delicadas manos de su amada, imprimiendo sobre cada dedo pequeños mordiscos que borraba con innumerables besos, mientras que con la otra mano, según iba canturreando, Hortense rizaba los negros cabellos de su amante. Al escuchar aquella voz pura y seductora, una tentación irresistible se apoderó de él.

    -¡Oh! Cántame la elegía de La Vestale, amor mío, la que dice:

A ti, que estás en la tierra

Mortal a quien no oso nombrar

 Cantada por ti, esta bella inspiración debe tener una inocencia sublime. No sé cómo aún no te lo había pedido. Canta, cántame Spontini. ¡Deja que pruebe todos los placeres juntos!

    -¿Qué? ¿Eso te gusta? -replicó madame N*** esbozando un pequeño puchero que ella creía encantador- ¿Ese lamento monótono le place a usted?… ¡Oh Dios! ¡Qué aburrido! Es como una salmodia… En fin, si eso te gusta…

    La fría hoja de un puñal penetrando en el corazón de Adolphe no lo hubiera desgarrado con mayor crueldad que aquellas palabras. Se levantó de un sobresalto como quien descubre un bichejo inmundo sobre la hierba en la que se encontraba sentado y clavó sobre Hortense sus ojos llenos de un fuego sombrío y amenazante. Entonces se puso a pasear con agitación por el apartamento, con los puños cerrados y los dientes entrechocando convulsivamente. Parecía estar cavilando la manera en que iba a responder y acometer la ruptura, porque perdonar semejantes palabras era cosa imposible. La admiración y el amor habían huido. El ángel era ahora una mujer vulgar. La artista superior cayó al nivel de los aficionados ignorantes y superficiales, aquéllos que quieren que el arte les divierta y que jamás supusieron que éste tuviese una misión más noble. Hortense no era más que una forma agraciada sin inteligencia y sin alma. Su capacidad musical consistía en unos dedos ágiles y una laringe sonora… nada más.

    De todos modos, a pesar de la terrible tortura que supuso para Adolphe un descubrimiento como este y a pesar del horror de un desencantamiento tan brusco, no podía dejar de mostrar consideración y ciertos miramientos al romper con una mujer cuyo único crimen, después de todo, era el de poseer un criterio inferior al suyo, el de amar lo bonito sin comprender lo bello. Hortense, sin embargo, que no podía concebir la violencia de la tempestad que acababa de provocar, al contemplar la contracción súbita de todas las facciones de Adolphe, su agitado paseo por el salón y su indignación apenas contenida, cosas que le parecieron cómicas, no pudo resistir un acceso de alegría loca y dejó escapar una estrepitosa carcajada. ¿Han notado ustedes alguna vez lo odiosa que resulta una carcajada en ciertas mujeres?… Para mí es el más claro indicador de la insensibilidad de un corazón, del egoísmo y de la frivolidad. Mientras que en algunas mujeres es la expresión de una viva alegría llena de encanto y pudor, en otras no indica más que una indecente ironía. Su voz toma un timbre incisivo, descarado, impúdico y tanto más odioso cuanto más joven es la mujer. En semejante ocasión comprendo la atracción del asesinato y desearía inconscientemente tener en mi mano la almohada de Otello*. No cabe duda de que Adolphe tenía la misma manera de sentir a este respecto. Un momento antes ya no amaba a madame N***, pero sentía lástima por ella y por sus limitadas facultades. La habría dejado con frialdad, pero sin ultraje. La risa tonta y sonora que soltó justo en el momento en que el desdichado artista sentía desgarrarse su pecho, le exasperó. Un rayo de odio y de un indecible desprecio brilló de repente en sus ojos y, secándose con un gesto rápido su frente cubierta de sudor dijo con una voz que ella nunca le había escuchado:

    -Madame, es usted tonta.

Esa misma tarde estaba de camino a París.

    Nadie sabe qué pudo pensar la moderna Ariana al verse abandonada de ese modo. En todo caso, es probable que el Baco que habría de consolarla y de curar la herida cruel cometida sobre su amor propio, no se hiciera esperar. Hortense no era mujer de las que se estancan en la inactividad. Le hacía falta un alimento para la actividad de su mente y de su corazón. Esta frase tan empleada es el medio con el que este tipo de mujeres justifica de forma poética sus más prosaicos idilios.

    De cualquier modo, desde la segunda jornada de su viaje, Adolphe, completamente desencantado, estaba ya imbuido de la felicidad de que su proyecto anhelado, su idea fija, se convirtiese al fin en una realidad. París, el centro del mundo musical. Y en él podría escuchar la magnífica orquesta de la Ópera, con sus enormes y poderosos coros… y a madame Branchu interpretar La Vestale… Una de las críticas de Geoffroy, que pudo leer al llegar a Lyon, vino a exasperar su impaciencia. En contra de lo que era usual en el célebre crítico, su opinión esta vez consistía en un elogio tras otro.

La vestale79A

Escena de La Vestale. Museo Spontini. Maiolati, Ancona. It.

    -Jamás -decía el crítico-, había sido interpretada la hermosa partitura de Spontini con semejante exactitud por parte de orquesta y coros, ni con esa vehemente inspiración por parte de los actores principales. Madame Branchu, entre otros, se elevó al más alto grado de patetismo. Es una cantante hábil, dotada de una voz incomparable y con gran experiencia en la tragedia. Posiblemente es el sujeto más precioso del que haya podido enorgullecerse la Ópera desde su fundación, con el debido respeto a los admiradores de la Saint-Huberti. Madame Branchu es, desgraciadamente, muy bajita, pero la naturalidad de sus poses, la enérgica verdad de sus gestos y el fuego de sus ojos hacen que esta falta de estatura pase inadvertida. En sus debates con los sacerdotes de Jupiter, la expresión de su interpretación es tan grandiosa que parece sacar una cabeza al coloso Dérivis. Ayer, un entreacto muy largo precedió al tercer acto. El motivo de esta insólita interrupción de la representación se debió al estado violento en que el papel de Julia y la música de Spontini habían sumido a la diva. En la plegaria (¡Oh, desventurados!), su voz trémula indicaba ya una emoción que apenas podía dominar. Y en el finale (De este templo sacerdotisa profanadora) al poseer un rol que era todo de pantomima, no necesitaba contener la emoción que le embargaba, por lo que las lágrimas inundaron sus actuación, sus gestos se volvieron incoherentes, locos y desordenados. En el momento en que el pontífice le cubre la cabeza con el inmenso velo negro similar a un sudario, en lugar de escapar enloquecida, como había hecho en otras ocasiones, madame Branchu cayó desvanecida a los pies de la gran Vestal. El público, que creyó ver una nueva actuación de la actriz, cubrió con sus aclamaciones la peroración de este magnífico finale: coro, orquesta, tam-tam, Dérivis, todo desapareció bajo los gritos del patio de butacas. La sala estaba en ebullición.

    ¡Mi reino por un caballo!, decía Ricardo III. Adolphe hubiera dado la Tierra entera por poder partir de Lyon al galope. Tras leer estas líneas, apenas podía respirar. Sus arterias latían con tal fuerza en su cerebro que le dejaban sordo. Tenía fiebre. No obstante, tuvo que esperar forzosamente a la hora de salida del pesado carruaje, tan impropiamente llamado diligencia, en la cual tenía una plaza reservada para el día siguiente.

    Durante las horas que tuvo que pasar en Lyon, Adolphe se guardó bien de entrar en teatro alguno. En cualquier otra ocasión, no lo hubiese dudado, pero al saberse con certeza próximo a la interpretación digna de la obra maestra de Spontini, optó por permanecer virgen y puro hasta entonces de todo contacto con las musas provincianas. Al fin llegó la hora de la partida. D***, acurrucado en un rincón del carruaje, perdido en sus pensamientos, mantuvo una actitud esquiva sin tomar parte alguna en los cotorreos de tres damas que trataban con denuedo de mantener viva una conversación con dos militares. Allí se hablaba de todo, como es normal, y cuando llegó el turno de hablar de música, las mil y una banalidades que allí se dijeron provocaron las únicas palabras de Adolphe en un lacónico aparte:

    -¡Cacatúas!

    Al día siguiente no le quedó más remedio que responder a las preguntas que la de más avanzada edad se empeñó en formular una tras otra. Todas ellas, impacientes por el obstinado mutismo del joven viajero y por las sonrisas sardónicas que esbozaba de cuando en vez, decidieron que le harían hablar y que adivinarían el objetivo de su viaje.

    -Sin duda, señor, se dirige usted a París.

-Sí, señora.

-¿Para estudiar derecho, tal vez?

-No, señora.

-Entonces, ¿estudia usted medicina?

-Se equivoca, señora.

El interrogatorio terminó ahí por esta vez, pero fue retomado al día siguiente con una contumacia que podría acabar con la paciencia del hombre más paciente.

-Puede ser que el señor vaya a ingresar en la Escuela Politécnica.

-No, señora.

-Entonces, ¿es usted comerciante?

-¡Oh! Desde luego que no, señora.

-Verdaderamente, no hay nada más agradable que viajar por placer, como parece ser su caso.

    -Puede que mi partida haya sido por placer, señora, pero creo que me será difícil conseguirlo si lo que resta de viaje se parece algo al presente.

    El tono seco de esta réplica impuso silencio, al fin, a la impertinente interrogadora y Adolphe pudo retomar el curso de sus meditaciones. ¿Cómo se buscaría la vida en París? No llevaba más que su violín y una bolsa con doscientos francos y debía tratar de emplear lo uno y ahorrar lo otro… ¿De qué forma podría sacar partido de su talento? Sin embargo, semejantes reflexiones y temores por su futuro, no importaban nada después de todo… ¿Acaso no iba a ver La Vestale y experimentar en todo su esplendor una felicidad tanto tiempo soñada? Aunque tuviese que morir tras este inmenso gozo, no tendría derecho a quejarse… Al contrario. Es de justicia que la vida llegue a su término cuando de un solo golpe se alcanza la suma de todos los gozos que caben en lo que dura una existencia humana ordinaria.


a Thomas Moore: Irish Melodies (Melodías Irlandesas): Oh! Had we some bright little isle of our own (Si tuviéramos una pequeña isla). El escritor (1779-1852) irlandés fue durante muchos años uno de los poetas de cabecera de Berlioz. En 1829 compuso sus Nueve melodías irlandesas sobre los textos de Moore. Esta misma cita la incluirá en Mémoires (Décima carta del viaje a Alemania) y en el libreto de su última ópera, Beatrice et Benedict (“Epitalamio grotesco”, acto I, escena VI).

* Otello ahogó a Desdémona con una almohada.

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Enrique García Revilla. PhD.
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