Suicidio por entusiasmo (final, parte 4).Un relato de H. Berlioz

(Esta es la cuarta y última parte del relato de Berlioz. Las tres anteriores están publicadas más abajo)

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Violas, ¿se están ustedes muriendo?

En este estado de exaltación el provinciano artista llegó a París. Apenas descendió del coche, se dirigió a ver los carteles de la Ópera, pero allí anunciaban… ¡Los novios prometidos!

    -¡Maldición! -gritó-. ¡Para qué me he hecho expulsar de mi teatro, para qué huí de la música de Lemoyne como de la lepra y la peste, si me la vuelvo a encontrar en la Grand Opéra de París! El hecho es que esta maldita obra empolvada, bordada y engalonada al estilo rococó, que parece haber sido escrita ex profeso para el vizconde de Jodelet y el marqués de Mascarille#, contaba con el favor del público. El cartel que anunciaba a Lemoyne se encontraba entre los de Gluck y Spontini. A los ojos de Adolphe, esto era poco menos que una profanación. Pensaba que un escenario ilustrado por los mayores genios de Europa no debía estar abierto a pálidas mediocridades y que su tan preclara orquesta, aún estremecida por el temperamento de Ifigenia en Táuride o de Alceste, no debía rebajarse hasta el punto de servir de acompañamiento a los trinos de Mondor y de la Dandinièrea. Se negaba a aceptar cualquier comparación entre La Vestale y estos miserables pastiches. Semejante abominación le hacía hervir la sangre en las venas. Incluso hoy en día hay algunos apasionados (o extravagantes, si se prefiere) que conservan esta misma opinión al respecto.

    Adolphe regresaba tristemente a su casa, tratando de digerir su decepción, cuando el azar le hizo toparse con uno de sus paisanos a quien en el pasado dio algunas clases de violín. Éste, un amateur adinerado y bien conocido en el mundo musical puso en seguida a su maestro al corriente de todo lo que pasaba, y le informó de que las representaciones de La Vestale, suspendidas por indisposición de madame Branchu, probablemente no se retomarían en algunas semanas. Ni siquiera las obras de Gluck, que integraban el repertorio habitual de la Ópera, estaban previstas para esos días de estancia de Adolphe en París. Esta circunstancia le hizo más fácil sobrellevar el voto que había adoptado de conservar para Spontini su virginidad musical. En consecuencia, no puso los pies en teatro alguno y se abstuvo de frecuentar todo tipo de música. Mientras tanto, buscó una ocupación que le permitiera ganarse el pan sin condenarlo de nuevo a la humillante tarea que había realizado durante tanto tiempo en provincias. Fue a hacerse escuchar por Persuis, que entonces era el director de la orquesta de la Ópera. Éste debió encontrar en él el suficiente talento para ofrecerle la primera plaza que saliera vacante en la sección de violines. Con la tranquilidad de esta promesa y un par de alumnos que le procuró su nuevo protector, el adorador de Spontini sintió redoblarse su impaciencia por escuchar la mágica partitura. Corría cada día a ver los carteles y cada día se llevaba una nueva desilusión. El día veintidós de marzo, se llegó por la mañana a la esquina de rue Richelieu en el momento en que el operario montaba su escalera. Acababa de ver cómo colocaban los carteles uno tras otro en los teatros Vaudeville, Opéra-Comique, Teatro Italiano y Porte-Saint-Martin. Vio desplegar lentamente una gran hoja marrón que portaba el encabezamiento: Académie Impériale de Musique, y no cayó al suelo de milagro cuando por fin leyó el tan deseado título: La Vestale.

    Apenas hubo puesto los ojos en el cartel que anunciaba La Vestale para el día siguiente, el delirio se apoderó de él. Comenzó una alocada carrera por las calles de París tropezándose con las esquinas de los edificios, propinando codazos a los paseantes, riéndose de sus insultos, hablando, cantando y gesticulando como un fugado de Charenton*. Exhausto y cubierto de barro, se detuvo finalmente a cenar en un café, donde devoró casi sin darse cuenta todo lo que el camarero puso ante él y cayó en un extraño estado de melancolía. Poseído por un pánico del que no podía discernir la causa, ante la inminencia del hito inmenso que se acercaba, escuchó un rato los violentos latidos de su corazón, lloró y, dejando caer su enjuta cabeza sobre la mesa, se dejó llevar por un sueño profundo.

    El día siguiente llegó con más calma. Una visita a Persuis hizo que el tiempo transcurriese con mayor rapidez. Éste, al ver a Adolphe, le remitió una carta que lucía el sello de la administración de la Ópera: Era su nombramiento como violín segundo. Adolphe dio las gracias a su protector sin demasiada diligencia. Un favor que en otro momento le hubiera colmado de alegría, ya no constituía para él más que un accesorio de poco interés. Unos instantes después, ya lo había olvidado. No quiso comentar con Persuis la representación que tendría lugar esa misma tarde, pues semejante tema de conversación le habría hecho estremecer hasta el más íntimo rincón de su corazón. Le espantaba pensar en ello. Persuis, que no sabía muy bien qué pensar sobre la actitud rara y sobre las frases incoherentes de aquel joven, se disponía a preguntarle el motivo de sus problemas, pero Adolphe, tan pronto como se dio cuenta de ello, se levantó y se fue.

    Dio varias vueltas ante la fachada de la Ópera y echó un nuevo vistazo a los carteles para asegurarse de que no había habido cambios en el espectáculo ni en el nombre de los actores. De ese modo se le hizo más llevadera la espera en aquella interminable tarde. Finalmente dieron las seis. Veinte minutos más tarde, Adolphe estaba en su palco. A pesar del disparatado precio que tuvo que pagar, lo había reservado entero para él solo para que nadie pudiese turbar su admiración extática y para intensificar la solemnidad de su propia felicidad. Dejemos que nuestro entusiasta amigo dé cuenta por sí mismo de esta memorable soirée. Unas líneas que escribió al llegar a su casa en una especie de diario, que es de donde yo extraje esta historia, son buena muestra del estado de su alma y de la inconcebible exaltación que cimentaba el fondo de su carácter. Se las leo sin cambiar nada.

23 de marzo, media noche.

 

    ¡Así pues, esto es la vida! La contemplo desde lo más alto de mi felicidad… imposible ir más allá… estoy en la cima… ¿Volver a bajar?… ¿Regresar?… De ningún modo. Prefiero partir antes de que sabores nauseabundos puedan envenenar el gusto del fruto delicioso que yo acabo de probar. ¿Qué sería de mi existencia si la prolongase?… lo mismo que la de uno de los abejorros que a millares escucho zumbar en torno a mí. Otra vez encadenado a un atril, obligado a alternar obras maestras con innobles frivolidades, terminaría aburrido, como tantos otros. Esta sensibilidad tan pronunciada que me hace percibir tantas sensaciones y me permite acceder a tantos sentimientos que el hombre ordinario desconoce, se atenuaría poco a poco. Mi entusiasmo acabaría por enfriarse, en el caso de que no se extinguiera por entero bajo las cenizas de la rutina. Seguramente llegaría al extremo de hablar sobre los genios como quien habla de criaturas ordinarias. Pronunciaría los nombres de Gluck y Spontini sin levantar mi sombrero. No dejaría de odiar con toda la fuerza de mi alma todo lo que detesto hoy, pero sería demasiado cruel para mí conservar energía sólo para el odio. La música ocupa demasiado lugar en mi existencia. Esta pasión ha matado y absorbido todas las demás. La última experiencia que tuve del amor fue dolorosamente decepcionante. ¿Encontraré algún día una mujer con una mentalidad al diapasón de la mía?#… Me temo que no. Todas se parecen más o menos a Hortense. Había olvidado este nombre… Hortense… ¡De qué modo pudo desengañarme una sola palabra de su boca! ¡Oh, qué humillación! ¡Haber amado de la forma más ardiente, más poética, con toda la pasión del corazón y del alma a una mujer sin alma y sin corazón, radicalmente incapaz de comprender el sentido de las palabras amor y poesía! ¡Tonta, más que tonta! No puedo pensar en ella sin dejar de ruborizarme……………………………………………………………………………………………………………………………….. Ayer estuve tentado de escribir a Spontini para pedirle una cita, pero aunque el buen hombre hubiera aceptado verme, de ningún modo me habría creído capaz de alcanzar el grado de comprensión de su obra que verdaderamente poseo. Ante sus ojos no parecería yo más que un joven apasionado, arrebatado por un entusiasmo pueril hacia una obra mil veces por encima de su alcance. Pensaría de mí lo que necesariamente debe pensar del público. Podría incluso atribuir mis arrebatos de admiración a vergonzosos motivos de interés personal, confundiendo así el entusiasmo más sincero con una muestra de la más baja adulación. ¡Horror!… No, es mejor acabar. Estoy solo en el mundo, huérfano desde la infancia, mi muerte no supondrá un disgusto a nadie. Algunos dirán: “Estaba loco.” Ese será mi epitafio… Moriré pasado mañana… Vuelven a representar La Vestale…y la quiero escuchar una segunda vez… ¡Qué obra! ¡Qué bien plasmado está el amor! ¡Y el fanatismo! Todos esos sacerdotes, perros dogos, hostigando a su pobre víctima… ¡Qué acordes los de ese tremendo final!… ¡Qué melodías, incluso en los recitativos!… ¡Qué majestuoso movimiento en la orquestación!… Los bajos ondulan como el oleaje del océano. Los instrumentos son actores cuya lengua es tan expresiva como la que se habla en el escenario. Dérivis estuvo soberbio en su recitativo del segundo acto, como un Júpiter atronador. Madame Branchu, en su aria ¡Dioses inmisericordes!, me quebrantó el pecho. Casi perdí el conocimiento. Esta mujer es el genio encarnado de la tragedia lírica. Por ella podría reconciliarme con el sexo femenino. ¡Oh, sí! Iré a verla una vez más, sólo una vez… La Vestale… producción sobrehumana que no podía haber surgido más que un siglo milagroso como éste de Napoleón. Concentraré en tres horas toda la vitalidad de veinte años de existencia… tras las cuales… partiré… a saborear mi felicidad para toda la eternidad.

    Dos días más tarde, a las diez de la noche, una detonación se hizo escuchar en la esquina de la rue Rameau, frente a la entrada de Opéra. Varios criados vestidos con ricas libreas acudieron al lugar del ruido y levantaron a un hombre bañado en su propia sangre que no daba ninguna muestra de vida. En el mismo instante, una dama que salía del teatro y se aproximaba para pedir su coche, reconoció el rostro ensangrentado de Adolphe y gritó:

    -¡Oh, Dios mío! ¡Es el desdichado joven que me persigue desde Marsella! Hortense (pues era ella) había concebido en un sólo instante la idea de tornar en beneficio de su propio orgullo la muerte de aquel que le había ofendido con un ultrajante abandono. Al día siguiente se comentaba en el club de la rue Choiseul:

    -¡Esta madame N*** es verdaderamente una dama deliciosa! En su último viaje al sur, volvió tan loco a un paleto, que éste la siguió hasta París y se voló los sesos a sus pies, ayer por la noche, a la puerta de la Ópera. He aquí un suceso que la vuelve mucho más seductora aún.

    ¡Pobre Adolphe! . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

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    -Me lleve el diablo -dijo Moran-, si Corsino, al describir a su muchacho de provincias no nos ha hecho su autoretrato.

    -Eso mismo es lo que he pensado yo al escuchar recitar la carta de Adolphe. Usted se le parece mucho, amigo mío -dije yo a Corsino.

    Éste nos dedica una singular mirada… baja los ojos y, sin responder, se marcha.


# Se trata del nombre de los criados de Las preciosas ridículas, de Molière, quienes, disfrazados de nobles, tratan de aparentar refinamiento en sus actos y palabras.

a Mondor y el Barón de la Dandinière son dos de los personajes de Los novios prometidos, comedia lírica estrenada en la Académie de Musique (Opéra) en junio de 1789.

* Charenton era el nombre que recibía el famoso manicomio fundado en 1645 por los Hermanos de la Caridad en la localidad de Charenton Saint Maurice (hoy Saint-Maurice, Val de Marne) En la actualidad continúa en funcionamiento bajo la denominación de Hôpital Esquirol.

# Tal vez sea conveniente aclarar esta hermosa imagen berlioziana con la sencilla indicación de que, según las leyes de la acústica, la vibración de un diapasón (de una cuerda, de una membrana…) hace vibrar, por simpatía, otro diapasón idéntico que se encuentre cercano.

© Enrique García Revilla 2013

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Enrique García Revilla. PhD.
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