ola soy Franz; tngo 16 añoss. studio 4 d la ESO :( Me gusta l musik, l klimoxo, salir por ahi… y eso. XD

Orquesta Sinfónica de Navarra. Dir. Eduardo Portal

Cultural Cordón. Forum Evolución Burgos. 7 abril de 2013.  Notas al programa.

De Viena a Praga, vía Nueva York.

schubert

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     Sorprendentemente, Schubert (1797-1828) y Dvorak (1844-1904) compartieron una misma nacionalidad a pesar de las diferencias tan definidas que marcan sus respectivos caracteres nacionales. La Bohemia que conoció Dvorak constituyó una parte del imperio austríaco durante toda la vida del compositor. Desde este punto de vista, es fácil comprender la reivindicación nacionalista que se produjo en varias naciones europeas a través de la música. Las dos obras que presenta la histórica Orquesta Sinfónica de Navarra con el burgalés Eduardo Portal en el podio de Sarasate muestran la evolución artística que tiene lugar desde la primera sinfonía del primer romántico hasta la culminación del movimiento nacional checo al morir el siglo.

 Sinfonía nº1 (1813)

     Plantilla orquestal: Una flauta, dos oboes, dos clarinetes, dos fagots, dos trompas, dos trompetas, timbales y cuerda.

     El año que vio nacer a Wagner y Verdi fue también el de la primera sinfonía de Schubert, a quien no dudamos en considerar uno de los más grandes genios de la historia. Tal vez convenga recordar que, a pesar de la amplitud de su catálogo, de la evidente evolución de su estilo y de la enormidad de sus últimas partituras, la totalidad de sus composiciones son obras de juventud, pues falleció a la edad de treinta y un años.

     Todo lo que se puede decir acerca de la sinfonía de un adolescente de dieciséis años (es decir, el equivalente a un alumno español del actual  cuarto curso de E.S.O.), pasa inevitablemente por mencionar la educación recibida en el ámbito familiar. El caso Schubert es el del hijo de un maestro de escuela comprometido y volcado en la educación de sus hijos. En su casa, la familia interpretaba cuartetos, en los que el pequeño Franz tocaba la viola, y se cantaba tanto polifonía como canciones. La voz y el oído musical del niño debían mostrarse ante todos con unas cualidades tan excepcionales que le condujeron a ingresar en el coro de la capilla imperial (los famosos Niños cantores de Viena), donde destacó desde el primer día. Antonio Salieri, una personalidad sobresaliente en la Viena de aquellos días, quiso tomar al muchacho de siete años como pupilo y fue su maestro durante toda una década. En junio de aquel mismo año de 1804, Beethoven estrenaba en un pase privado su sinfonía Eroica.

     Esta primera sinfonía muestra una madurez y unas proporciones fuera de lo común. De hecho, la influencia beethoveniana puede apreciarse no sólo en la ampliación formal, sino en la inspiración melódica del primer movimiento, que recuerda al tema del finale de su Eroica. En él se ve también cómo una cierta obsesión por el desarrollo motívico condicionaba su lenguaje melódico en esta primera etapa. Del mismo modo, el extenso primer movimiento muestra ya la vocación melódica del autor en un estadio de evolución en que los patrones armónicos clásicos determinaban el perfil de las melodías. La independencia melódica de Schubert irá apareciendo durante la segunda década del siglo, según se aleje del apego a sus maestros clásicos. Una apreciación subjetiva de este movimiento hace considerar cierta similitud de estilo con el de otra vida en cierto modo paralela: la de nuestro Juan C. Arriaga (1806-1826), a quien se aceptó en denominar el Mozart español con cierta ligereza, pues con mayor propiedad debería ser conocido como el Schubert español. Afortunadamente, la música instrumental conservaba, en torno al eje Viena-Berlín, toda la vigencia que había perdido, en favor de la ópera, en el sur de Europa y en el París que Arriaga apenas pudo conocer. El minueto, que en las sinfonías clásicas permanecía en no pocas ocasiones como poco más que una concesión al gusto de la época, llama la atención por su energía, que parece aún mayor en su repetición después del trío. No es difícil imaginar al joven Schubert divirtiéndose como nunca mientras realizaba el experimento tímbrico del diálogo entre los instrumentos de madera de este trío. Y ello, sin renunciar a una característica y marcada impronta vienesa que dejaría en los minuetos de las demás sinfonías.

 Sinfonía nº 9 (¿del Nuevo Mundo?) (1893)

     Plantilla orquestal: Flautín, dos flautas, dos oboes, corno inglés, dos clarinetes, dos fagots, cuatro trompas, dos trompetas, tres trombones, tuba, percusión y cuerda.

     Sólo dos meses después de que en abril de 1892 Tchaikovsky desatase un renovado furor musical en la ciudad de Nueva York, a donde había viajado para estrenar el podio del Carneggie Hall, la excéntrica millonaria Jeannette Thurber buscó en Europa otra celebridad que pudiese emular el “efecto Tchaikovsky”. De este modo, Dvorak se encontró a finales de ese mismo año cruzando el Atlántico a bordo del navío Saale, con un contrato para dirigir el Conservatorio Nacional y la promesa de un sueldo de 15.000 dólares. Parece ser que su período de adaptación al nuevo mundo fue más que satisfactorio, pues en mayo de 1893 ya había completado su Novena sinfonía, tras haber empleado un tiempo en documentarse sobre el folklore musical autóctono. Durante los meses que transcurrieron hasta el día del estreno a finales de año, se movilizó un considerable aparato publicitario con frecuentes conferencias y artículos de prensa. El New York Herald publicó el 15 de diciembre unas líneas del propio compositor que constituyen la fuente principal para la comprensión de la obra: “Me di cuenta de que la música de los negros y la de los indios era prácticamente idéntica. Estudié entonces unas cuantas melodías indias que un amigo me cantó y me imbuí de sus características y de su espíritu. Este espíritu es el que he tratado de reproducir en mi sinfonía. No he empleado ninguna de estas melodías, sino que he escrito temas originales impregnados de las peculiaridades de la música india, los he empleado como temas musicales y los he desarrollado con los recursos de la música moderna: ritmo, armonía, contrapunto y color orquestal”. Ante estas palabras parece evidente que las fuentes informativas de Dvorak no conocían demasiado a fondo la música de los negros, pues salvo los esquemas pentatónicos, que están presentes en casi todas las culturas musicales del mundo, verdaderamente no comparte demasiados rasgos con la de los indios. Continúa el artículo del Herald con el punto central del credo musical de su autor: “(…) se trata de mostrar, trasladar a la música el espíritu nacional de un pueblo a través de sus melodías populares”. Este es el principio básico del nacionalismo musical, que explica por qué ciertas obras suenan inequívocamente españolas, rusas, checas, etc. La Sinfonía del Nuevo Mundo no constituye en ningún modo uno de estos ejemplos de nacionalismo musical, al menos de nacionalismo norteamericano. En primer lugar, porque, si bien la música puede reflejar en cierta medida el elemento indio, los pobladores actuales de Estados Unidos no se identifican con la música de los indios, porque no descienden ellos, sino de europeos y africanos. Por otro lado, los temas musicales encajan a la perfección en los moldes centroeuropeos. El célebre tema del corno inglés del adagio, podría, como decía Leonard Bernstein, constituir un himno a “Checoslovaquia”, si se le aplicase un texto conveniente. Para este segundo movimiento, Dvorak encontró la inspiración en La canción de Hiawatha, el poema de Longfellow que le rondaba la cabeza desde hacía décadas. Se trata, evidentemente, de una inspiración más literaria que musical. Respecto al frenesí del tercer movimiento, el scherzo sugiere la escena de la fiesta del Hiawatha en que los indios bailan. En él he intentado plasmar el color local y el carácter indio en la música. En este sentido, sí se puede considerar acertado el concepto general de este tercer movimiento. No obstante, no puede definirse como nacionalismo musical estadounidense pues, como hemos dicho, las raíces de los ciudadanos norteamericanos no se encuentran en estos antiguos pobladores. Tal vez el único elemento verdaderamente americano de la sinfonía sea ese sentido de amplitud de espacios y de grandeza de horizontes, concebido a través del tratamiento orquestal del material temático, que otros compositores como Copland habrían de explotar más tarde. Los movimientos inicial y final poseen, además del espíritu del pionero que se embarca a la aventura transoceánica, una grandiosidad que refleja la enormidad de las llanuras norteamericanas, un sonido éste que habría de influir en el posterior lenguaje musical cinematográfico. Esa amplitud sonora se ve favorecida por la presencia en todos los movimientos del motivo principal del primer allegro, variado y amplificado, que sitúa geográficamente al oyente, en su expedición hacia el oeste, en diferentes territorios de un mismo país (Postscriptum, pues es una de las cosas que un blog permite: Obsérvese el esfuerzo con que he conseguido evitar el empleo de la expresión “concepción cíclica de la obra” respecto a la aparición de un motivo en los cuatro movimientos. Cada vez que me encuentro dicha expresión en un texto, tiendo a revisar a la baja la consideración que me producía el autor. No puedo evitar considerarlo una pedantería. Y lo siento, pues sé que no tengo razón). Con esta obra, Dvorak consiguió presumiblemente la partitura sinfónica que mejor aceptación recibe invariablemente en los públicos de todo el mundo, un prodigio sonoro que sobrevivirá a todas las modas presentes y futuras.

 © 2013 Enrique García Revilla

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Enrique García Revilla. PhD.
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6 Responses to ola soy Franz; tngo 16 añoss. studio 4 d la ESO :( Me gusta l musik, l klimoxo, salir por ahi… y eso. XD

  1. José Luis says:

    Esto es saber titular y lo demás gaitas. Creo que he entendido muy bien lo que explicas de Dvorak, que me ha gustado mucho. No puedo decir lo mismo del otro chico de 16 años 🙂 porque no tengo presente su primera, pero la voy a escuchar ahora mismo.

    • Gracias por tu comentario. No puedo evitar pensarlo: Si un muchacho de cuarto de secundaria tuviese en la cabeza una vigésima parte de lo que tenía Schubert, los psicólogos lo estropearían, andaría medicado y sus compañeros le pondrían la zancadilla por los pasillos. Con todo, el “Arriaga vienés” no habría sido del Athletic ¡!. Respecto a ese sentido de “expansividad”, de territorio inabarcable como característica de la música norteamericana, acuérdate de la Fanfarria de Copland o de la Primavera Apalache, (Lo malo es que después de la Misa en si señor de Bach, hay que dejar un tiempo para escuchar cualquier otra música) . http://www.youtube.com/watch?v=vE6n2q7ebdI

      • José Luis says:

        Me temo que tienes razón. Clarísimo lo de Copland, otra cosa es como se consigue. Y hasta que punto la asociación de esa música con espacios abiertos no es al menos en parte cultural, por la influencia de la música de los Westerns.

        Bach no interfiere porque el apunte lo preparé hace más de un mes, y el concierto es el martes 😉

      • Cierto que América sería diferente sin sus películas. Que disfrutes de ese Bach-Gardiner-coro Monteverdi. Será, como siempre, un prodigio de expresión y perfección.

      • José Luis says:

        No quiero marearte pero ya he escuchado esa primera de Scubert, que me ha parecido de una madurez increible, no sé si Mozart a los 16 años escibiría cosas así. El andante es delicadísimo y el minueto del allegro, precioso. Gracias!

  2. Me llena de orgullo y satisfacción que alguien como tú deje comentarios en mi blog. Mozart (sólo unos años antes) era de otra época, aunque da qué pensar lo que dices. Escuché al director de este concierto, Eduardo Portal, dejar pasmados a los músicos de la Orquesta de Cámara de Viena, con un Mozart nuevo y original, pero perfectamente lógico y en absoluto sacado de contexto. Le ayuda un lenguaje corporal clarísimo. Te lo doy a conocer para cuando te lo cruces de nuevo. http://www.youtube.com/watch?v=-Ush3m5lAA0

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