El piano rabioso. Un relato de Hector Berlioz.

Me pide Josep Olivé, desde Barcelona, que dedique una soirée a un relato de Berlioz sobre un concurso de piano en que… 

… Lo cierto es que no puedo dejar de reír desde esta mañana, debido a un accidente que sufrió el señor Érard el viernes pasado y que todo el distrito del Conservatorio de Música aún comenta. Convendremos en que se trata de un acontecimiento extraordinario, pues lleva ya un tiempo ocupando la atención pública. Efectivamente, es un hecho verdaderamente extraordinario e infortunado para un hombre célebre, motivo por el cual no puedo evitar encontrarlo tremendamente divertido. Está mal, lo admito. ¿Me habrán corrompido mis tratos con menores en Montmorency?… (NOTA: Esto es una referencia a un capítulo anterior)

He aquí el hecho en su inexplicable y extraordinaria simplicidad.

Los concursos del Conservatorio comenzaron la semana pasada. El primer día, el señor Auber decidió, como suele decirse, agarrar al toro por los cuernos, y comenzar por los alumnos de piano. El intrépido jurado encargado de escuchar a los candidatos descubre sin emoción aparente que son un total de treinta y uno, dieciocho mujeres y trece hombres. El fragmento elegido para el concurso es el Concierto en sol menor de Mendelsohn. Así pues, está claro que, a no ser que alguno de los aspirantes sufra un ataque fulminante de apoplejía, el concierto va a ser ejecutado treinta y una veces. Lo que tal vez aún no sepan ustedes, y que yo mismo ignoraba hasta hace unas horas al no haber cometido la temeridad de asistir a esta experiencia, es lo que me ha contado uno de los estudiantes del Conservatorio, en el momento en que, todo preocupado por el epíteto de viejo que me dedicó la Amaryllis[1] de Motmorency (NOTA: disculpen que vuelva a meterme en la narración, sólo era para aclarar que se trata de otra referencia al mismo capítulo anterior) , atravesaba el patio de dicha institución.

-¡Pobre señor Érard! -dijo-. ¡Qué calamidad!

-¿Érard? ¿Qué le ha pasado?

-¿Cómo? ¿No estuvo usted en el concurso de piano?

-No, la verdad. ¿Qué pasó?

-El señor Érard tuvo la cortesía de ceder para este día un magnífico piano que acababa de terminar y que tenía intención de enviar a Londres para la Exposición Universal de 1851. Imagine lo orgulloso que estaba de su instrumento. Los bajos poseían un sonido digno del mismísimo infierno, como jamás se ha escuchado. Un instrumento extraordinario, en fin. Tal vez el mecanismo era algo rígido y, precisamente por ello, nos lo envió. El señor Érard no es un necio. Consideró que los treinta y un alumnos, aligerarían el pulso del piano, lo cual no podría ser más que beneficioso. Sí, sí, pero no previó, el pobre hombre, que iban a aligerar su piano de una manera tan terrible. Piensen en un concierto ¡ejecutado treinta y una veces seguidas en un mismo día! ¿Quién puede predecir las consecuencias de semejante repetición? El primer alumno se sienta al piano y, al encontrarlo un poco duro ejerce una fuerza especial para sacarle el sonido. El segundo, lo mismo. Al tercero, el instrumento ya no ofrece tanta resistencia. Al quinto, resiste bastante menos. No sé cómo lo encontraría el sexto porque, justo cuando se presentó, tuve que ir a buscar un frasco de éter para uno de los señores del tribunal, que se encontraba mal. El séptimo había acabado cuando volví y le escuché decir entre bastidores:

-Este piano no está tan duro como dicen, al contrario, lo encuentro excelente, perfecto en todos los aspectos.

Los diez o doce concursantes que tocaron a continuación fueron de la misma opinión. Los últimos aseguraban incluso que, en lugar de demasiado duro, les parecía demasiado suave. A las tres menos cuarto aproximadamente, habíamos llegado al número veintiséis. Se había comenzado a las diez. Era el turno de la señorita Hermance Levy, que detesta los pianos duros. Las circunstancias le favorecían, pues ya todos decían que el piano sonaba sin apenas necesidad de tocarlo. Así pues, interpretó el concierto con tal ligereza que obtuvo el primer premio neto. Aunque no es del todo cierto que lo consiguiera “neto”. Lo compartió con las señoritas Vidal y Roux. Estas dos damas también aprovecharon la ventaja que ofrecía la suavidad del teclado, una suavidad tan extrema que las teclas descendían casi con respirar sobre ellas. ¿Quién vio jamás un piano como este? Cuando llegó el momento de escuchar al número veintinueve, me vi obligado a salir de nuevo para buscar un médico. Otro de los señores del tribunal se había puesto demasiado rojo y necesitaba que se le practicase una sangría urgente. ¡Un concurso de piano no es un juego de niños! Afortunadamente, el médico llegó justo a tiempo. Según regresaba, me crucé en el vestíbulo del teatro con el número veintinueve, el joven Planté, que estaba totalmente pálido. Temblaba de la cabeza a los pies. Decía:

-No sé qué pasa con este piano, pero las teclas parece que tocan solas. Es como si hubiera alguien dentro golpeando los macillos. Da miedo.

-Vamos, niño, que ves visiones -responde el joven Cohen (el número treinta), que sólo tiene tres años más que él-. Déjame pasar, anda, que yo no tengo miedo.

Se sienta al piano sin mirar al teclado, toca su concierto muy bien tocado y, tras el último acorde, justo cuando se levantaba, hete aquí que ¡el piano comienza a tocar el concierto solo! El pobre muchacho se había hecho el valiente, pero tras permanecer un instante petrificado, sale corriendo como alma que lleva el diablo. El piano, cuyo sonido aumenta cada momento, sigue su ritmo sin parar de hacer escalas, trinos y arpegios. El público, al no ver a nadie junto al instrumento y escuchándolo sonar diez veces más fuerte que anteriormente, murmura y se mueve en toda la sala. Unos ríen y otros comienzan a asustarse, pero todo el mundo está estupefacto, como ustedes comprenderán. Tan sólo uno de los miembros del jurado, que desde el fondo de su palco no veía el escenario, creía que el señor Cohen había recomenzado el concierto y gritó, casi despulmonándose:

-¡Basta! ¡Basta! ¡Basta! ¡Cállese de una vez, y haga venir al treinta y uno, que es el último!

Tuvimos que gritarle desde el escenario:

-Señor, nadie toca: es el piano, que se ha aprendido el concierto de Mendelsohn, quien lo toca solo según su criterio. Véalo usted.

-¡Pero bueno! ¡Qué poca vergüenza! ¡Aprisa! Llamen al señor Érard y que venga a domeñar a este horrible instrumento.

Fuimos a buscar al señor Érard. Durante el tiempo que tardamos, el bribón del piano, que había terminado su concierto, no dudó en volver a empezar en cuanto acabó, sin perder un instante,  y cada vez con mayor alboroto. Cualquiera diría que había cuatro docenas de pianos al unísono. Se escuchaba todo tipo de pirotecnias, trémolos, progresiones en sextas y terceras redobladas en octavas, acordes de diez notas, trinos triples, un chaparrón de sonidos, pedal y más pedal, el diablo y todas sus maldades. Érard llega, pero el piano, que está fuera de sí, ya no le reconoce. Se hace traer agua bendita y realiza una aspersión sobre el teclado. Nada, lo cual prueba que no hay ningún encantamiento, sino que se trata del efecto natural de las treinta ejecuciones del mismo concierto. Desmontan el instrumento, se le quita el teclado, que aún se mueve, y lo tiran al patio del depósito municipal, donde el señor Érard, furioso, lo manda hacer astillas a hachazos.

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¿Cree que eso funcionó? No, fue aún peor. Cada uno de los pedazos danzaba, saltaba y coleteaba sobre el pavimento, contra el muro, a través de nuestras piernas, por todas partes, hasta tal punto y sin parar, que el cerrajero del depósito juntó y recogió en un haz todo este mecanismo rabioso y lo arrojó al fuego de su forja para acabar con ello. ¡Pobre señor Érard! ¡Un instrumento tan hermoso! Nos rompe el corazón a todos, pero ¿qué íbamos a hacer? No había más remedio. Después de todo, si se toca un concierto treinta veces seguidas en la misma sala, el mismo día, ¿cómo no va a aprenderlo el piano? ¡Por Dios! El señor Mendelsohn no podrá quejarse de que no se interprete su música, pero miren las consecuencias que ello ha provocado.

No añadiré nada al relato que acaba de escuchar y que tiene el aspecto de un cuento fantástico. Seguramente no creerá ni una palabra. Pensará que es absurdo. Precisamente porque es absurdo yo sí lo creo, pues jamás un alumno del conservatorio hubiera tenido la imaginación necesaria para inventar algo tan extravagante.   …


[1] El término Amaryllis puede hacer referencia a una flor (amaryllis belladona), pero en este caso se trata de un nombre femenino que aparece en la primera de las Bucólicas de Virgilio. Se trata también de uno de los nombres propios más célebres de la música profana italiana del Renacimiento: Amaryllis es con frecuencia la mujer desdeñosa a quien se dirige el poeta en sus madrigales (Monteverdi: Cruda Amarilli; John Wilbye: Adieu, Sweet Amaryllis, etc.).

© 2013 Enrique García Revilla

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Enrique García Revilla. PhD.
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5 Responses to El piano rabioso. Un relato de Hector Berlioz.

  1. Josep Olivé says:

    Muchas gracias Enrique. Conocía de la existencia de este relato pero no en su versión completa y traducida. Todo un alarde de imaginación y fantasía la de Berlioz. Jugoso y divertido cuento, con un trasfondo no tan irreal como pueda creerse. Y si no, que se lo pregunten a los miembros de jurados de este tipo de concursos. 🙂

  2. El aprendiz de brujo de Goethe es de, según wikipedia, 1797. Aquí, Berlioz toma prestado algo de inspiración. Lo que defiendo es que, en cuanto podía, soltaba una broma o algo de contenido irónico. Era un bromista patológico (Cachondus mentalis).

  3. Pingback: Introducción a la obra literaria de Hector Berlioz | Les soirées de l'orchestre

  4. José Luis says:

    Genial, un cachondo como dices

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