Sinfonía Júpiter de Mozart. Orquesta Sinfónica de Castilla yLeón. Febrero 2016.

Notas al programa. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Dir. Jean-Christophe Spinosi. Ekaterina Bakanova. Febrero de 2016.

1791. Mozart con toda una vida por delante.

    Como Aquiles, como Alejandro, la obra que Mozart dejaba atrás a los treinta y cinco años, era enorme, legendaria. Posiblemente el mundo humano no concibe el conceder otras dos décadas de vida a quienes ya han alcanzado semejante altura. Aterra el pensar hasta dónde podrían llegar. Cuando algo sobrepasa los moldes de lo que es humano, sencillamente este mundo ya no es el suyo y su final ha de ser inminente.

mozart

WOLFGANG AMADEUS MOZART (Salzburgo, 27-I-1756; Viena, 5-XII-1791)
Obertura de La flauta mágica, K.620 (1791)

    Emmanuel Schikaneder, libretista de La flauta mágica, y Mozart se conocieron en 1780 en Salzburgo, con motivo de una representación que el actor, empresario y cantante ofreció allí con su compañía de teatro. Cuando en 1791, el último año de la vida de Mozart, se reencontraron en Viena, Schikaneder, considerando las serias dificultades económicas en que se encontraban ambos, le propuso una composición que pudiera encajar en su propio estilo de escenografía, es decir, basada en el alarde de fantasía, efectos especiales, tumultuosa y colorista. Mozart, que habría de simultanear el trabajo con los encargos del Requiem y de La clemenza di Tito, creó una obra con la que, presumiblemente, abría la puerta a su propio futuro. Suele señalarse la fuerte implicación de símbolos masónicos en toda la partitura, motivo por el cual se ha especulado, hay incluso novelas sobre ello, que esta obra pudiera haber sido su obra maestra iniciática. Uno de los símbolos masónicos más evidentes es la profusión del número tres tanto en la partitura como en el libreto. Precisamente, la obra comienza con tres acordes en el tono de mi bemol (que posee tres bemoles). La introducción es solemne, como corresponde a la alegoría sonora del templo de la sabiduría al que aspiran los personajes. Pero tras ella, todo aquel mundo de fantasía que le presentó Schikaneder en su libreto despliega sus situaciones y peripecias en una música viva, alegre, esperanzada y chispeante, horadada de contrapuntos, de melodías que van y vienen, de acentos inesperados en partes débiles de compás y de un cargamento de optimismo propio de quien se ve con toda una vida por delante para desarrollar quién sabe qué tipo de nuevo horizonte musical.

WOLFGANG AMADEUS MOZART
Sinfonía 41 en do Mayor, K. 551 “Júpiter” (1788)

Si yo pudiera grabar en el alma de todos los aficionados a la música, y especialmente de los poderosos, los inalcanzables logros de Mozart, tan a fondo y con esa comprensión musical y ese gran sentimiento que yo mismo experimento, entonces las naciones competirían por poseer semejante tesoro. (F.J. Haydn)

    No parece fácil reconstruir en la actualidad un retrato humano y cotidiano de Mozart. A pesar de su extenso epistolario, que ofrece multitud de detalles sobre su personalidad, su nombre aparece en los programas de conciertos junto a sus obras como el de un personaje del pasado, un compositor posiblemente viejo y con peluca. Da la impresión de que con demasiada frecuencia nos olvidamos de que nunca fue un señor, sino tan sólo un muchacho, y que sus obras no fueron escritas por un carcamal, sino por un fanciulo de veintitantos. Como es bien sabido, contrajo matrimonio con Constanze Weber. Tal vez es menos conocido el dato de que tuvo seis hijos, de los que tan sólo dos sobrevivieron a la infancia. Fue precisamente tras el fallecimiento de su pequeña hija Teresa, de seis meses, cuando cayó en una reacción asocial que se tradujo en la composición, en el plazo de pocas semanas de, entre otras, sus tres últimas sinfonías.
La sinfonía número 41, la última, merece ser presentada como el afortunado producto artístico de la más elevada genialidad, que, habiendo aprehendido el magisterio de Bach, se erige en una de las más destacadas composiciones sinfónicas de Mozart y en una de las obras de arte absolutas de la civilización occidental. No obstante, el autor no llegó a ver estrenada esta obra. (Decimos “ver”, porque, como Beethoven, suponemos que pudo “escuchar” en su mente la versión ideal).
No hay una explicación convincente del motivo por el que se conoce a esta sinfonía como “Júpiter”. Al parecer, debió de ser el célebre Johann Peter Salomon quien, consciente de la altura de la obra, le otorgó esta denominación. Júpiter es el padre de los dioses y el más grande de los planetas; Júpiter es la luz (do mayor), el trueno y el águila. La obra exhibe una sobreabundancia de temas melódicos en cada uno de sus movimientos que calificaríamos de “exuberante” si estos a su vez no respondiesen a una naturaleza tan matemáticamente ponderada: son tres en el allegro inicial, tres en el andante cantabile, y otros tres en el molto allegro final, todos ellos incluidos en sus respectivas formas de sonata, es decir, sometidos asimismo a desarrollos y variaciones. Parece que Mozart quisiera concentrar en una sola sinfonía todo el material posible, consciente de que no volvería a componer en el género. El último movimiento en particular, el fugato, presenta una complicación extrema, un despliegue espectacular en el manejo de las proporciones musicales. En él se producen continuos contrapuntos entre los mencionados tres temas principales y, al menos, otros dos motivos musicales que discuten, se superponen, luchan, y se revuelven con precisión matemática. La mente de Mozart es capaz de traducir dichas proporciones y números a sonidos musicales con la mayor naturalidad, sin que nada parezca forzado. Quizás no se concede la importancia que debiera al estudio que, en torno al año 1782, realizó el compositor sobre Bach (apenas conocido por entonces como el padre de Carl Philipp). Evidentemente, Mozart no debió de tener problemas para mantener su criterio al margen de las modas estéticas que lo consideraban anticuado y reconocer en él la figura de un gigante. Con todo, el mayor logro de este fugato, el que sitúa a Mozart a la altura de Bach, consiste en el inmenso gozo artístico y musical que produce todo aquel mare magnum aritmético de motivos fugados, imitados, enfrentados y mezclados entre sí. El efecto del movimiento ofrece, con el resultado más placentero posible, un auténtico monumento sonoro al pensamiento científico. En la actualidad, la música de Mozart parte con cierta desventaja frente al público, puesto que, de acuerdo con su posición en la línea cronológica, su orquesta aún no posee la contundencia sonora de la undécima Shostakovich, ni la variedad tímbrica de Richard Strauss, pero cuenta con un activo de importancia fundamental que se añade a su altura artística intrínseca: las diferentes maneras de interpretación que, al menos desde mediados del siglo XX, se están llevando a cabo de su música y que parecen seguir abriendo nuevas vías para que suene siempre nueva y original.

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Enrique García Revilla. PhD.
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