Cuarta sinfonía de Brahms

Orquesta Sinfónica de Burgos. Director: Javier Castro.

Fórum Evolución Burgos. Auditorio Rafael Frühbeck de Burgos. 16 de octubre de 2016

Notas al programa

JOHANNES BRAHMS (Hamburgo, 1833- Viena, 1897)

Sinfonía nº 4 en mi menor, Opus 98.

Composición: 1885. Estreno: Meiningen, 25 de octubre de 1885. Dir.: J. Brahms.

 

     d2ec4ff89b982cb10243a698760617faTan solo diez años separan los estrenos de las sinfonías primera y última de Brahms. Como es sabido, al compositor le costó liberarse de la sombra de Beethoven para lanzarse a la empresa sinfónica, pero al parecer, tras el estreno de la Primera, el manejo de la masa orquestal debió de constituir para él poco más que una función natural. Cada una de sus cuatro sinfonías es un mundo en sí. Son tan diferentes en todos los sentidos, pero al mismo tiempo tan inequívocamente brahmsianas, que sus dieciséis movimientos, bien alineados en un estante, completan una homogénea enciclopedia de la sabiduría sinfónica.

    En concreto, la Cuarta se caracteriza por la densidad que alcanza en todo momento el sentimiento expresivo a través de un entramado orquestal asimismo denso en extremo. El compositor busca ex profeso la complejidad de las texturas, de modo que son frecuentes los pasajes en tutti en los cuales, las diferentes voces realizan patrones que aparentemente no guardan ninguna relación. Brahms se muestra cerebral y analítico, pero con ello logra su objetivo primordial, que es algo tan subjetivo como una expresividad abrumadora por momentos. En realidad, no es este un logro original del autor, sino que es algo inmanente a los más grandes artistas de todos los estilos. Cada uno de ellos, en su propia estética, alcanza su propia cima artística en la medida en que es capaz de aunar con éxito la más alta expresividad con el pensamiento racional. Algunos ejemplos evidentes de ciencia en el arte pueden ser el Mozart de la Sinfonía Júpiter, Stravinsky en La consagración de la primavera o Bach (todo en él es armonía numérica plena de emoción).

    Lo curioso es que la cara visible de esta extrema complejidad se encuentra, en el movimiento inicial, en una primera melodía que los críticos de la época calificaron casi de “antimelodía”, pues no consiste más que en unos “infantiles” saltos interválicos que, ordenados descendentemente, se deslizan por terceras del mismo modo en que un niño baja los escalones de dos en dos (si-sol-mi-do-la-fa♯-re♯-si). Ahora bien, esta sucesión melódica, bien arropada por su intenso entorno orquestal, y expuesta mediante expresivos suspiros rítmicos, da lugar a un inicio de sinfonía de la que, ya desde los primeros compases, cabe esperar una pródiga dosis de emoción musical. El segundo movimiento surge de una idea que expresó Javier Castro en los ensayos de la Tercera de Brahms el pasado mes de enero, según la cual, cada una de las sinfonías del compositor hamburgués reservan un momento para lo que Castro vino a denominar “la llamada de los Alpes”. De este modo, el característico toque alpino de las trompas se deja escuchar en el meditativo andante, que da paso a un enérgico tercer movimiento. Se trata de un verdadero scherzo rebosante de fuerza rítmica en el que las melodías surgen con la misma apariencia de simplicidad matemática que en el allegro inicial y en el que las trompas realizan una nueva aparición solística para recordar “el magnetismo alpino”.

    Pero Brahms fue, ante todo un clásico. Y como tal, se mostró atraído por el esquema de las variaciones, para el que adoptó el antiguo ground o bajo antiguo de passacaglia consistente en ocho compases sobre el que se elaboran más de treinta variaciones. El mérito de Brahms consiste, además de otros innumerables factores, en que, en lugar de hacer de cada serie un compartimento estanco, logra hilar un discurso perfectamente dramático y coherente con la estética romántica. Rubrica, de este modo, su aportación al género sinfónico, al que muchos daban ya por agotado y abre una puerta a los sinfonistas que estaban ya irrumpiendo en la historia.

Enrique García Revilla

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Enrique García Revilla. PhD.
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