Antonio José: Evocaciones; Ravel: Le tombeau de Couperin

Notas al programa

Orquesta Sinfónica de Burgos. Director: Javier Castro. 16 de octubre de 2016

ANTONIO JOSÉ (Burgos, 1902- Estépar, 1936)

Evocaciones, Cuadros de danza campesina, nº 2

Composición: Málaga, 1925-26. Orquestación: 1928. Estreno: Bilbao, 13 de abril de 1929. Orq. Sinfónica de Bilbao. Dir.: Vladimir Golschmann.

   a_104b La OSBu mantiene su compromiso con el compositor que podría haber sido su fundador interpretando la única de sus obras orquestales editadas que le quedaba por tocar. En este sentido, la programación de Evocaciones sólo responde “en parte” a la conmemoración del octogésimo aniversario de su fusilamiento, pues es voluntad de nuestra sinfónica el mantener en programa a Antonio José con la efectiva regularidad que viene llevando a cabo desde 2012.

     Evocaciones, Cuadros de danza campesina, es el título de la obra original que, como Ravel con su Tombeau, Antonio José compuso para piano. Consiste en tres escenas, de las que tan solo orquestó la segunda de ellas. Fue el bueno de Julián Bautista, uno de los madrileños del 27, quien trasladó a la paleta sinfónica las otras dos y se encargó de tocarlas en público en 1937 en Valencia.

     1eca2c2d171f8a19b1c777fae6e234c1Según la costumbre de Antonio José en aquellos años, la obra posee un material temático proveniente del acervo popular y recogido en el Cancionero de Olmeda (1903). Se trata de la canción bailable al agudo (nº 171), cuya letra dice: Juan se llama mi amante, yo Catalina, tú te vas calle abajo, yo calle arriba. Valenciano, valencianito es mi amante, valenciano y hasta que dé la mano y olé.

     Tomo de Miguel Ángel Palacios (Revista Ritmo, noviembre de 1978), el siguiente párrafo que, de paso, viene a confirmar que Antonio José fue también un escritor vocacional que se identificaba con las vanguardias literarias de sus días:

     El asunto sobre el que trabaja para construir este poema sinfónico es descrito admirablemente por Antonio José: “El senderillo ingenuo que pasa mirando a la era se aleja despacito ‒con suave tristeza‒, empinándose a veces para oír cantar a las mozas desde lejos… El senderillo ingenuo al principio ‒desde lejos‒ sólo oye un lejano rumor, y según avanza aumenta también la claridad, y la intensidad del diseño, coincidiendo precisamente su fuerza culminante con el momento en que el caminillo cruza la era donde los mozos bailan. Pero no puede detenerse; y así, parece que continúa su inexorable marcha tristemente, oyendo el motivo cada vez más debilitado y como si al doblar las revueltas y subir los altozanos, se volviese para oír cantar a las mozas desde lejos, envuelto en la luz melancólica del atardecer castellano.”

    La orquestación del inicio, no muy alejada de la estética raveliana del Tombeau de Couperin en los engranajes que, hallándose en segundo plano, provocan el avance de la obra, presenta retazos desdibujados del tema popular (el lejano rumor), cada uno en un color, que deambulan por las diferentes familias de instrumentos y van aumentando en intensidad. En el momento en que la intensificación de dicho mecanismo ha logrado involucrar a casi toda la plantilla, un solo oboe presenta la melodía completa por vez primera en su desnuda sencillez (el senderillo ingenuo). El tema principal, sin olvidar su esencia popular, se desarrolla en cada sección tímbrica vistiéndose de ropajes impresionistas y se intercala con episodios de un acento europeo moderno (la luz melancólica del atardecer castellano). Se trata de la paleta sinfónica más sofisticada, con todos sus recursos al servicio de una de las numerosas melodías burgalesas que fluctúan ingenuamente entre diferentes tonos o modos. Mientras los estudios académicos admiran la particularidad, belleza y espontaneidad de dicha tonada, los usos populares, sin conocer la diferencia entre un sol menor y un sol mayor, asumen su canto con la mayor naturalidad. El compromiso de Antonio José con la canción popular no solo es firme, sino asimismo vocacional. Verdaderamente creía en su belleza y en su potencial como base de la composición musical. El tratamiento de la melodía en Evocaciones es buen ejemplo de su estilo personal, según el cual, aunque uno pueda verse más o menos influido por diversas corrientes estéticas, ora francesas, ora de tradición germánica, el núcleo de cada obra ha de encontrarse necesariamente en la canción popular burgalesa. Este fue el estilo de las obras de juventud de Antonio José, y no es necesario indicar que toda su obra es de juventud, ya que no se le dio la oportunidad de evolucionar hacia un estilo de madurez.

MAURICE RAVEL (Ciboure, 1875- París, 1937)

Le tombeau de Couperin

Composición: 1914-1917. Estreno: París, 1920.

    El término tombeau hace referencia a un género musical en sí mismo que sirve de homenaje póstumo a alguna personalidad que tuvo relevancia en el mundo musical. Tuvo cierta vigencia durante la época barroca, en la que solían componerse tombeaux para laúd y para clavicordio. La estética del Neoclasicismo europeo de comienzos del siglo XX atestigua un renacer del género con algunas obras sobresalientes como el Homenaje pour le tombeau de Debussy (1920) de Falla.

    Ravel es uno de los compositores que muestran un mayor grado de pulcritud, minuciosidad y exactitud en sus composiciones. Le tombeau de Couperin fue compuesto durante los años de la Gran Guerra europea como obra para piano, pero su autor lo orquestó en 1920 reduciendo sus movimientos de seis a cuatro. Las características del estilo neoclásico que pueden verse en la composición pueden resumirse en dos, a saber, el regreso a la economía de efectivos orquestales y la referencia a obras del pasado. En cuanto a la primera de ellas, el colorido de Ravel prescinde de las grandes masas del Daphnis y Chloé para buscar la pincelada fina y el dibujo bien delineado. Y por otro lado, en este homenaje a François Couperin (1668-1733), parece evidente que las referencias intertextuales conducen a dicho músico francés.

Desde el punto de vista formal, en que alcanza la consideración de “concertante para oboe”, la obra no incorpora dos de los movimientos originales de la versión original para piano, una fuga y una giga, y conserva los cuatro presentes con su carácter de danza antigua, pero lógicamente estilizados y tamizados según el nuevo estilo. Puede llamar la atención el hecho de que un compositor ofrezca tal grado de maestría en varios estilos diferentes en épocas prácticamente simultáneas de su vida. Recordamos que Daphnis, en un estilo impresionista, es de 1912; y La Valse, que puede representar el expresionismo del fin de la edad de plata vienesa, fue compuesta en este mismo 1920. Con Le tombeau de Couperin, Ravel regresa al ambiente de cuento de hadas de Ma mère l’Oye. Su audición esconde como un tesoro un despliegue de complejidad rítmica, reflejo de la meticulosidad y perfeccionismo de su autor, pues, si hemos de subrayar un rasgo de estilo invariable y propio de toda su producción, sería el de la minuciosidad y perfección en el trabajo. Ahora bien, si Ravel impone la dificultad al intérprete, trata mucho mejor al oyente a quien presenta un trabajo pulcro e inocente, como invitándole a pasear por un museo, o mejor, por un viejo desván totalmente ocupado por muñecos y juguetes antiguos dispuestos en perfecto orden.

Enrique García Revilla

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Enrique García Revilla. PhD.
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