RACHMANINOV: Concierto para piano 2

SERGUEI RACHMANINOV (Nizhni Novgorod, 1873; Los Ángeles, 1943)

Concierto para piano nº 2, op. 18 en do menor

Composición: 1901. Estreno: 1901. Piano: S. Rachmaninov. Dir: Aleksander Ziloti

Notas al programa Orquesta Sinfónica de Castilla y León 2021

           

Aquel joven prodigio ruso, intérprete milagroso de larguísimos dedos y compositor de varias piezas que lo situaban en cabeza entre los aspirantes a sucesor de las grandes glorias románticas del país, vio desmoronarse su autoestima y su motivación en 1897, con el estreno de su primera sinfonía.

            Uno de los compositores menores ―de hecho el menor del célebre grupo de “Los Cinco”―, César Cui, quien poseía una opinión respetada como crítico musical, destrozó a Rachmaninov en su reseña sobre dicha sinfonía, y provocó que el joven compositor quedase moralmente hundido. Abandonó la composición para centrarse en la interpretación al piano, pero parece que el golpe debió de ser tan cruel que la caída, a la que se unió el alcohol como invitado, parecía no tener fin. Con el cambio de siglo, en su hora más baja, debió de confiarse a un psiquiatra que practicó algún tipo de hipnosis con él. Su terapia alcanzó afortunadamente los recovecos mentales en los que un paciente logra cambiar su actitud ante la vida. Día tras día escuché la misma fórmula hipnótica mientras permanecía tumbado en el diván del doctor Dahl: “Comenzará usted la composición de su concierto. Trabajará con facilidad. La música será excelente.” Por increíble que suene, esta terapia me curó.

            En cualquier caso, el doctor Nicolai Dahl es uno de los pocos médicos de nombre conocido a quien se recuerda en la historia de la música por un éxito (Véase en este sentido, sólo por poner un ejemplo, el caso del oftalmólogo que operó a Händel y a Bach y que fue la última persona que ambos vieron en su vida). Rachmaninov salió del bache con energía y motivación para componer. Fue en enero de 1900 cuando comenzó a visitar al doctor Dahl y, tras una mejoría evidente, completó su terapia contra la depresión en abril con un viaje al luminoso sur de Europa. Al regresar a Rusia trajo consigo unos cuantos esquemas y borradores para su segundo concierto para piano.

            En diciembre de ese año logró estrenar el segundo movimiento, escrito en la luminosa tonalidad de mi mayor (la que, por aquellos años, Scriabin identificó con la luz en su percepción sinestésica), junto al tercero, que muestra el ilustrativo detalle de comenzar en do menor y finalizar en do mayor (es decir, el mismo camino antidepresivo de la oscuridad a la luz de la quinta sinfonía de Beethoven). La obra tuvo una recepción espléndida que animó al compositor a completarlo como concierto en tres movimientos. El primero, moderato, lo completó a lo largo de 1901 y el estreno completo tuvo lugar en el mes de noviembre. Al parecer, el fantasma de la inseguridad que tanto se ensañó con Chaikovski y varios compositores rusos más, propinó a Rachmaninov un último latigazo cuatro días antes del estreno, haciéndole caer en estados de pánico y ansiedad. Con todo, el concierto tuvo lugar, el autor lo interpretó al piano, y aquel día de noviembre comenzó su exitosísima existencia como una de las partituras concertísticas favoritas de todos los públicos.

            Se trata de una partitura compuesta en el estilo romántico sobre la campana que indicaba el fin de dicho período. Con la perspectiva de todo el prodigioso siglo XIX por detrás, el autor fue capaz de leer en su pasado y tomar de él tantas referencias como quiso a sus compositores favoritos y a los estilos pianísticos más destacados. Sobre ese crisol establece su propio estilo, basado en el virtuosismo del piano al servicio de melodías amplias y nobles. Su sonido orquestal llega a corresponder, por momentos, a un arquetipo cinematográfico, concebido antes de la “invención” de la música de cine, motivo que contribuyó a aumentar y disparar su popularidad desde los años treinta. A pesar de ello, Rajmáninov nunca compuso para el cine.

            En el comienzo se intuye el estilo de Chaikovski y de su primer concierto cuando el solista queda por detrás del célebre unísono de reminiscencias eslavas. Se puede apreciar, incluso, una cita a la melodía de la escena de El lago de los cisnes en la segunda frase de dicho tema principal. El papel del piano en Rajmáninov, sin embargo, es mucho más destacado. Su presencia es continua e infatigable en su virtuosismo. Podría compararse con ciertos roles operísticos que, aunque no intervengan, nunca abandonan la escena, como el Don Giovanni mozartiano. Don Giovanni siempre está ahí, domina la escena e incluso la controla, sin permitir que nada escape a su autoridad. La habilidad del compositor es manifiesta al mantener las figuraciones virtuosísticas del piano sobre la orquesta, por debajo de ella o en plano de igualdad. Tras alcanzarse un máximo de volumen en una sección marcada como Maestoso alla marcia, que corresponde en la partitura con el punto de cambio de la sección áurea, el discurso se irá dirigiendo en un descenso paulatino hacia el final. En todo el primer movimiento, tan solo un descanso va a ser concedido al solista cuando el solo de trompa inicia el camino hacia un fantasioso final en el que, en unos pocos compases, se entrevén Liszt, Chaikovski, Chopin e incluso Scriabin.

            En el memorable adagio sostenuto halló Rachmáninov la combinación de una melodía noble y sentimental con el marco de la luz del mi mayor, más luminoso aún por contraste con el do menor inicial. La entrada del piano es la de un solista, aunque pronto se descubre que lo suyo no era más que un sustrato, un acompañamiento para la flauta, que hace aparición como in medias res. Pero el mejor efecto viene cuando el conjunto quiere establecerse con dicho instrumento en la melodía y es el clarinete quien cariñosamente se apropia de ella para, entonces sí, desarrollarse amplia y expresiva en un solo inolvidable. Todo este adagio constituye un estudio de los conceptos románticos de densidad orquestal e intensidad expresiva en el que el autor demuestra de qué modo ambos pueden aumentar y disminuir de forma paralela, pero también encontrar el juego en lo contrario: puede aumentar uno si el otro disminuye y viceversa.

            El último movimiento presenta unos compases de introducción, como los dos primeros, tras los cuales el solista hace una aparición frenética. Parte del material temático quiere recordar y relacionarse con los movimientos previos, dato en el que muchos estudiosos han querido ver eso que se denomina la “forma cíclica” (es decir, que hay temas o motivos de cada movimiento que aparecen en los demás). No obstante, el verdadero componente cíclico, lo que es inmutable de principio a fin, es la omnipresencia virtuosística del piano, que, como Don Giovanni, apenas desaparece de la escena en ningún momento y siempre está ahí, con luz focal o como sustrato para el tutti. Un último tema melódico de elevada inspiración y cierto aroma a exotismo romántico sirve a Rachmaninov para elaborar el cierre de la obra. En realidad, dicho tema es tan vivo y tan espontáneo en sus apariciones al unísono, que parece que es el autor el sirviente de su propio tema, un padre dispuesto para educar a un niño antojadizo en su tonalidad de si bemol, vestirlo en el capricho del re bemol y finalizarlo en un do mayor triunfante.

            En cierta ocasión, uno de los grandes virtuosos del siglo romántico, Paganini, puso la condición a quien le ofreció la composición de un concierto solista, de que él debería estar tocando su parte de principio a fin de la obra. En sus memorias, Rachmaninov sólo indica algunas de las cosas que le dijo el hipnotizador, pero da la impresión de que logró subirle la autoestima hasta tal punto que, sabiendo que él mismo estrenaría su segundo concierto al piano, lo convenció para que compusiera una obra de altísimo nivel técnico en la que, como pedía Paganini, el solista tocaría de cabo a rabo, sin parar ni a respirar.

            Rachmaninov dedicó la obra al doctor Dahl.

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Enrique García Revilla
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