Centenario de Saint-Saëns

CAMILLE SAINT-SAËNS (París, 1835; Argel, 1921)

Notas al programa.

Orquesta Sinfónica de Burgos. 7 noviembre 2021. Violín: Ana María Valderrama. Director: Iván Martín. Actor: Santiago Herranz. Idea original y guion: Alberto Alonso y Dionisio Rodríguez.

Saint-Saëns: Serenata op. 15, Habanera, op. 83, Rêverie du soir, op. 60, Introducción y rondó caprichoso, op. 28, Une nuite à Lisbonne, op. 63, Bacanal (de Sansón y Dalila)

Chapí: Preludio de La Revoltosa

           

Con cierta frecuencia nos cruzamos con compositores extraordinarios conocidos únicamente por un par de obras archifamosas que eclipsan el resto de una producción de cierta envergadura. Casos de este tipo los encontramos en todas las épocas y estilos, desde Pachelbel a Martín y Soler, Bizet o el mismo Saint-Saëns.

            Camille Saint-Saëns pertenece a una peculiar generación de músicos franceses (Cesar Franck, Gounod, Bizet) que, a pesar de poseer personalidad propia, parecen relegados en la historia de la música a cumplir un papel de enlace entre los compositores nacidos tras la época revolucionaria (Grétry, Halevy, Berlioz) con los de la Belle Époque que traerán las vanguardias (Debussy, Ravel). Algo mayor que él fue Cesar Franck, enorme figura, fundamental en el repertorio organístico. Georges Bizet fue coetáneo, y poseedor de un talento inusual y brillantísimo. Ambos fueron superados por Saint-Saëns. Mientras que la música orquestal de Franck denota una vocación por el órgano en sus movimientos de masas y registros, Saint-Saëns fue organista igualmente sobresaliente, pero supo dotar a su plantilla orquestal de originalidad y total independencia del órgano en el que forjó sus estudios de juventud. De hecho, como orquestador fue un respetadísimo discípulo de Berlioz. Respecto a Bizet, uno de los mayores talentos del siglo, falleció tan joven que su catálogo aparece como bastante más breve que los de Gounod y Saint-Saëns.

            Fue un verdadero superdotado en muchas materias: su interés no se limita a la composición, sino que abarca diversos campos de conocimiento tanto científico como artístico y literario, así como la geografía y los viajes. En este sentido, el presente concierto con el que la OSBu quiere homenajearlo en el centenario de su fallecimiento, viene a conmemorar la visita que realizó a Burgos en 1905 como miembro de la Sociedad Astronómica de Francia, para ser testigo de un eclipse solar.

Serenata op. 15 (1865)

            Esta juvenil partitura fue dedicada en su primera edición a la princesa de Francia Mathilde Bonaparte en correspondencia al favor de esta, protectora de artistas como Flaubert o Gautier, entre otros, de haberle librado del servicio militar. Por entonces, Francia se encontraba inmersa en guerra en Crimea y a las puertas de la contienda franco-prusiana, con lo que es comprensible el agradecimiento que el compositor quiso mostrar a su benefactora.

            La obra original fue compuesta para un curioso cuarteto integrado por piano, armonio, violín y viola (o violonchelo) y en una de sus primeras interpretaciones domésticas fue escuchada por una asamblea de notables irrepetible: Liszt, Berlioz y Gounod, nada menos, todos en la misma habitación con Saint-Saëns. El autor sabía bien que sus colegas-amigos aprobarían la obra, no en vano posee en su melodía la huella vocal de un aria de Gounod, además de una velada cita a la viola de Harold en Italia, y al acompañamiento de La muerte de Ofelia, ambas obrasde Berlioz.

            Con posterioridad, y con el fin de otorgar a esta hermosa pieza una posibilidad mejor de pasar a la posteridad, el autor procedió a orquestarla. La presente versión para orquesta de cámara fue realizada en 1897.

Habanera, op. 83 (1887)

            Si bien el espíritu viajero impulsó a Saint-Saëns a visitar cuatro continentes, nunca puso el pie en Cuba. La inspiración para componer esta habanera surge de su querencia hacia España. Se dice que, en cierta ocasión, se encontraba frente al fuego en el invierno de Brest y que el crepitar de la madera ardiendo, de algún modo, debió de evocarle el característico ritmo español y caribeño de la habanera. Los colores se organizaron en su imaginación y, otorgando voz solista a un violín, surgió una habanera más plácida que sensual o festiva, quizá tratando de evitar la comparación con la habanera de Carmen (1875). Con la idea de un violinista sobresaliente en mente, esta vez su amigo cubano Rafael Díaz Albertini, ideó una estructura tripartita con una sección central en la que cede el foco principal al virtuosismo del violín.

Rêverie du soir, op. 60 (1873)

            En 1873 visitó por tercera vez Argelia, el país en el que habría de vivir sus últimos días hasta su fallecimiento en 1921. En aquella estancia compuso el tema de esta pieza, concebida bajo el título de Rêverie orientale y estrenada poco después en París. El fragmento obtuvo tal éxito que Saint-Saëns se vio animado a convertirlo en el tercer movimiento de una suerte de sinfonía en cuatro movimientos a la que tituló Suite argelina.

            De nuevo es ese sentimiento de placidez de los lugares cálidos expresado en boca del compositor a través de un instrumento solista, la viola, que, como si encarnase el personaje mismo de Saint-Saëns, contempla la escena de pequeñas yolas de pescadores que al atardecer arriban a puerto durante el toque de una flauta con aires morunos. El programa, anotado en la partitura por el compositor expresa a la perfección la atmósfera para este Ensueño del atardecer: Bajo las palmeras del oasis, en la noche perfumada, se oye en la lejanía un canto de amor y, como una caricia, el toque de una flauta.

Introducción y rondó caprichoso, op. 28 (1863)

            Un jovencísimo Pablo Sarasate, ya por entonces reconocido como virtuoso, tuvo el desparpajo de pedir a Saint-Saëns la composición de una obra concertística en la que pudiera mostrar sus facultades. El año de 1863 se encuadra en el epicentro cronológico de las obras concebidas como endemoniados ejercicios de virtuosismo, entre Paganini y Mendelssohn o Lalo y Chaikovski, por ejemplo. En ese año, dedicó el compositor al joven pamplonés una música en la que quiso dejar la impronta del lenguaje musical español, según aquello de que “la mejor música española la compusieron los franceses”, una célebre boutade que no ha dejado de tener éxito desde entonces.

            El violín es el protagonista absoluto de principio a fin de una pieza pluriseccional en la que la orquesta tan solo pasa a primera fila en dos breves interludios rítmicos muy hispanos, además de en una mínima respuesta al solista, en los que el autor busca el contraste de un efecto de sonido potente. En Introducción y rondó caprichoso el violín llora, salta, reza y, sobre todo, juega con la atención del oyente en un estribillo arrebatador. La exhibición de pirotecnia es continua, incluso en los fragmentos más líricos, y como es costumbre, conduce a una coda con la que asegura el triunfo a aquel virtuoso que consiga domeñar la pieza.

Une nuite à Lisbonne, op. 63 (1880)

            El autor plasmó en esta miniatura el mismo sentimiento de placidez de la Reverie du soir, esta vez con la bahía del Tajo como inspiración. El sustrato onírico del arpa realza un ritmo dormidero de barcarola. Sobre él, una melodía que asciende de manera cromática como el aroma de las especias en la Alfama lisboeta. Primero las cuerdas exponen su intención de no desarrollar una pieza extensa o prolija en desarrollos, intención que es confirmada por oboe y flauta que hacen suyo ese pequeño pero encantador conato de melodía dionisíaca, simplemente para proclamar la felicidad que experimenta el viajero Saint-Saëns cuando se halla en puertos exóticos. Y así, sin más, porque no desea otra cosa, el autor finaliza con dos notitas su diminuto ditirambo.

            Bacanal (de Sansón y Dalila) (1877)

            Para inspirar el libreto de su ópera, el compositor recurre a los capítulos 13 al 16 del libro de los jueces, en los que se narra la historia de Sansón, el gran protector de los israelitas frente a los filisteos. Se trata de una ópera en tres actos de la cual dos fragmentos se hicieron especialmente célebres: el aria para mezzosoprano Mon coeur s´ouvre à ta voix y la presente bacanal. En una las dependencias del palacio en el que habita Sansón con su amada Dalila, esta le ha sacado los ojos y cortado el pelo, con lo que le ha hecho perder toda su fuerza sobrenatural. Justo antes ha entonado con él la famosa aria citada, y después, al comienzo del acto III, tras un hermoso coro de albada, tendrá lugar la escena palaciega de la bacanal.

            La presencia de un ballet en palacios exóticos venía siendo habitual tanto en óperas como en obras literarias. Los libretistas gustaban de mostrar danzas protagonizadas por esclavos nubios o danzarinas etíopes, como Berlioz en Los troyanos, o Gautier en La novela de la momia. Posteriormente las superproducciones cinematográficas de Hollywood adoptarían esta tradición como una especie de interludio o pasatiempo en los palacios de faraones o príncipes africanos. En este caso, al amanecer, la fiesta continúa y en ella se dan cita soniquetes arábigos, ritmos frenéticos, melodías que incitan al placer, y un frenesí final propio de una procesión báquica, una auténtica bacanal de todos los colores orquestales.

RUPERTO CHAPÍ (1851-1909)

Preludio de La Revoltosa (1897)

            Chapí, alicantino y madrileño, uno de los más grandes compositores españoles, estrenó su zarzuela en un acto en el Teatro Apolo en 1897. La partitura reúne un inigualable casticismo con un cuidado exquisito por la orquestación y el empleo de las voces. Cuando Saint-Saëns abandonó dicho teatro el día del estreno, no pudo menos que exclamar algo así como “Si esto es el género chico, ¡cómo será el grande!”. Fue un gran amante de España que visitó el país en reiteradas ocasiones y se inspiró en nuestro folclore para la composición de varias de sus obras. Fue asimismo uno de los primeros compositores extranjeros que reconoció el potencial del preludio de La Revoltosa como obra independiente de concierto, por su chispa, su energía y su sentido de la fiesta española.

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Enrique García Revilla
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