BRITTEN: Cuatro interludios marinos

B. BRITTEN (Lowestoft, 1913; Aldeburgh, 1976)

Notas al programa Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Febrero de 2022.

Cuatro interludios marinos

Composición: 1944-1945. Estreno: Londres, 13 de junio de 1945.

            Benjamin Britten es el compositor que los británicos llevaban esperando desde los tiempos de Henry Purcell, y constituye la gloria nacional que se les había negado durante el Clasicismo y el Romanticismo, épocas en las que ningún apellido inglés aparece en la historia de la música a la altura de los austriacos, alemanes, franceses o rusos. Nacido un día de santa Cecilia (al igual que no pocos compositores como Joaquín Rodrigo o Wilhelm Friedemann Bach) podría parecer que estuviera predestinado a dedicarse a la música, algo que sus allegados no tuvieron claro hasta que la firme determinación del muchacho los convenció. Verdaderamente no lo tenían claro porque desde muy joven, Britten demostró ser diferente. Sus primeras obras, compuestas con prolifidad para voz y conjuntos vocales, lejos de asemejarse al estilo de sus maestros, con bonitas melodías inspiradas en el folclore nacional, adoptaron un estilo personal con una estética demasiado fea para lo que hubieran preferido sus oyentes. Aun hoy, cien años más tarde, toda aquella música de Britten sigue resultando, cuanto menos, dificultosa al espectador medio. Ese estilo vocal moderno, huidizo de los centros tonales, disonante y rarito fue una decisión personal del compositor que le llevó a inspeccionar y transitar por un nuevo tipo de música inglesa, llamada a convertirle en el gran nombre del siglo XX británico.

Cuatro interludios de la ópera Peter Grimes

            Britten asimiló bien pronto que no quería adscribirse estilísticamente a la generación inmediatamente anterior a la suya, aquel brillante grupo liderado por Elgar, Vaughan Williams y Gustav Holst, quienes en época posromántica adoptaron para Gran Bretaña el hallazgo del folclore en música. Es más, como cualquier hijo de su tiempo, sintió cierto hartazgo, por no decir desprecio abierto, hacia el tiempo recién pasado y hacia dichos compositores, a los que calificó despectivamente como «pastoralistas». No renunciará Britten por completo a las referencias al folclore musical británico entendido en sus formas tradicionales. Sin embargo, no es ese su camino. Basará sus libretos y su música en otras manifestaciones de lo británico entendidas no como idealización de lo nacional, sino como denuncia de los ambientes sociales más sórdidos. Lo inglés en Britten no es el imperio glorioso, como en Pompa y circunstancia de Elgar, sino el borracho inadaptado social que sale del pub cargado de pintas, o los habitantes del pequeño pueblo marinero, que chismorrean sobre el vecino homosexual, quien, a su vez abusa de un menor. Nada alentador, desde luego, como tampoco lo son, a priori, las pinturas negras de Goya, si no fuese porque en dicho estilo crea algunas de las mejores óperas del siglo XX, como lo es Peter Grimes.

            Esa atmósfera sórdida es la que se respira en esta ópera, que narra la historia de un pescador, Peter Grimes, al que las gentes de su pueblo costero acusan de haber matado a su aprendiz. La presión popular deviene en tal acoso que Grimes se lanza a la mar en una última navegación en busca de su propia muerte.

            El estreno tuvo lugar en los días posteriores a la proclamación de la victoria aliada y supuso un éxito enorme. Poco después se estrenó también, con buen ojo por parte del compositor, la presente suite de cuatro interludios instrumentales extraídos de la ópera. Si bien la ópera no es fácil de escuchar, los Cuatro interludios marinos son una preciosidad tanto individualmente como en su conjunto. En ellos, Britten emplea la paleta orquestal al completo, cosa que rara vez ocurre mientras hay canto (a eso se llama saber orquestar una ópera). La ópera comienza directamente con un interrogatorio, casi una imprecación, al protagonista por las culpas de que se le acusará a lo largo de la historia. El primero, Dawn (Amanecer), tiene lugar al final de este prólogo y consiste en la alternancia de frases agudas en los violines, evocadoras de gaviotas, unas vivas figuraciones arpegiadas de las maderas y un oscuro coral de los metales. Todo ello introduce la ambigüedad en que va a sumirse el protagonista, un tipo gris del que no llega a saberse con certeza si es inocente.

            En la ópera, estos interludios se encuentran situados en momentos que separan los diferentes actos. Sunday morning (Mañana de domingo) es el preludio al acto segundo. Parece que, Britten se decide a otorgar cierta luz a su oscura obra con el vaivén de gentes que se aproximan a su parroquia, el toque de las campanas y el bullicio de una mañana festiva.

            Moonlight (¿Claro de luna, como Beethoven o Debussy?) es un hermoso nocturno orquestal que sirve de preludio al acto III, un paréntesis de calma tensa para el espectador, diseñado para preparar un desenlace terrible, de esquizofrenia, sordidez y muerte, a través de unos punzantes contratiempos de flauta, arpa y marimba sobre un sustrato en aparente quietud de los metales.

            Storm (Tormenta) es un interludio del acto I, aunque por su efecto Britten lo colocó en la presente suite como finale en ataca. Un tema principal de agitado movimiento perpetuo y violentos golpes, reaparece a la manera de un rondó. Dicho tema se expone y escapa del resto de la orquestación como si fuera un sujeto de fuga en el que los contrasujetos no pudieran ser identificados. La tormenta no aparece sólo como fenómeno meteorológico, sino también como caracterización de las contradicciones y ambigüedad de sentimientos de los atormentados personajes.

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Enrique García Revilla
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