PROKOFIEV: Concierto para piano nº 3

Notas al programa. Orquesta Sinfónica de Castilla y León.

SERGEI PROKOFIEV (Donetsk‒Ucrania, 1891; Moscú 1952)

Concierto para piano nº3

Composición: 1917-1921. Estreno: Chicago, 1921; solista: Prokofiev.

            Como estudiante de conservatorio, Prokofiev no fue sólo un prodigio del piano, sino que tuvo vocación de compositor desde muy joven. En este sentido, tomó la costumbre de anotar ideas, fragmentos melódicos, progresiones armónicas y entramados contrapuntísticos que, si bien no parecían ir más allá de ser breves apuntes, quizá en el futuro le servirían como material para composiciones más importantes. Lo consideró material demasiado valioso como para permitir que se perdiera para siempre. Y ciertamente su prudencia se vio recompensada por el éxito. Numerosas de aquellas buenas ideas de juventud, al cabo de un tiempo pasaron a formar parte de obras maestras de madurez. El caso del Concierto para piano nº 3, compuesto a los treinta, recoge varias de las ideas musicales de los veinte e incluso de la adolescencia. «Cuando comencé a trabajar en el concierto ⸺dice Prokofiev⸺, estando en la Bretaña francesa, ya tenía todo el material temático que necesitaba excepto el tercer tema del finale y el segundo del primer movimiento».

            Durante la Gran Guerra europea, tras el estallido de la Revolución Rusa de 1917, abandona el país y se refugia en Estados Unidos. Al acabar el año, uno de los más fructíferos de su vida, tiene en su maleta las partituras de la Sinfonía clásica, Concierto para violín nº 1, Visiones fugitivas para piano, dos sonatas y buena parte de su Concierto para piano nº 3. Tras una actuación en Nueva York conoce a una madrileña, Carolina, con quien vivirá en Francia y se casará en Alemania unos años más tarde. De nuevo en América, el estreno de su concierto no se vivió con especial entusiasmo. La obra sí triunfó, ya para siempre, tras su interpretación parisina de 1922 y la posterior de Londres.

            Podríamos tratar de dilucidar por qué de los cinco conciertos para piano que compuso, se trata del más popular. Los motivos no son especialmente difíciles de comprender. El tratamiento del solista y de la orquesta difiere en cada uno de los cinco, pero es suficientemente similar para no constituir un elemento que haga de este tercer concierto el preferido de las audiencias. En Prokofiev, el grado de virtuosismo suele tender al extremo y la orquesta adquiere estatus de personaje principal y no secundario, como ocurre a varios conciertos románticos. Ahora bien, en ocasiones, un artista toca una tecla especial que hace que el oro brille de una manera inesperada. En este sentido, lo que el público reconoce, quizá de forma inconsciente, es, además de todos los factores musicales evaluables (orquesta, timbres, intuición armónica…), una inspiración melódica arrebatadora que le permite sumergirse en la escucha desde el primer compás. Dicho de otra forma, en igualdad de condiciones entre dos obras, el público tenderá a preferir aquella que forje su personalidad en cierta inspiración melódica.

            Ya desde la introducción, nada más que una sencilla fórmula melódica, el autor parece retratar con su la menor el alma triste del pueblo ruso. Un solo de clarinete se convierte en un dúo que asciende hasta un do mayor en las cuerdas agudas, como un rayo de luz que viene a preparar la entrada de la estrella de la fiesta, que será el piano. Prokofiev, en principio, se compuso los conciertos para interpretarlos él mismo, como pianista virtuoso. En los dos últimos, solista y orquesta abren las hostilidades musicales a la vez desde el mismo inicio y de manera frenética, pero en los conciertos 1, 2 y 3, el autor concede unos compases a la orquesta para que realice su introducción. La intención de complacerse en la expresividad de las melodías es manifiesta en dicho comienzo, noble y hermoso; tiempo habrá para la pirotecnia pianística, como sucede enseguida, en un primer movimiento pleno de garra, impulso rítmico y la firma del compositor en cuanto a la capacidad de sorprender en giros inesperados de temas, de orquestación y en su característico arabesco-grotesco. Pero entre todo este Prokofiev, el piano tiene tiempo de vez en cuando para pararse a respirar y dialogar en expresivas melodías con las cuerdas y con toda la orquesta. No se trata de largas melodías desarrolladas, sino de células, fragmentos cortos poderosos en personalidad y perfectamente ponderados para hacerse un espacio en la memoria del espectador, que tenderá a reconocerlos en cuanto reaparezcan en alguna de sus variadas formas.

            Mención especial merece el segundo movimiento en el que la orquesta expone uno de los temas que esperaban en el cajón del compositor desde sus años de conservatorio. Se trata de un tema neoclásico, emparentado con su Sinfonía Clásica, tan perfecto en sus formas que permite su memorización con la facilidad de un rondó de Haydn. Las variaciones adelantan motivos y combinaciones orquestales en las que el autor reconoció lo mejor de sí mismo, tanto que no dudaría más tarde en emplearlas en otras obras, como en fragmentos de  Romeo y Julieta.

            El esquema general en tres movimientos simétricos (rápido, lento, rápido), que no se repite en ninguno de los otros cuatro conciertos, es otro elemento que nos permite hablar, con cierto reparo, de estética neoclásica. El tercer movimiento podía haber pasado como un finale “cualquiera”, es decir, más o menos intercambiable por otro de los movimientos finales de sus conciertos, o como una parte virtuosística diseñada para el despliegue técnico del piano, pero una vez más, entre sus secciones rápidas, el compositor introduce el componente melódico, arrebatador y apasionado, en cierto modo deudor de su mentor Rajmáninov, que en aquellos años triunfaba en Estados Unidos gracias, principalmente a su posromanticismo melódico y sentimental. Da la impresión de que el joven y emigrado Prokofiev, necesitado de triunfos y aún permeable a las enseñanzas del maestro, quizá quiso parecerse un poco a él y alcanzar su mismo éxito.

Enrique García Revilla

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