Schumann: Sinfonía nº 2

ROBERT SCHUMANN (Zwickau, 1810; Bonn, 1856)

Sinfonía nº 2

Hadi Karimi

Composición: 1845-1846. Estreno: Leipzig, 1846. Director: Mendelssohn.

Notas al programa. Orquesta Sinfónica de Burgos. 20-II-2022. Dir.: Tomás Grau.

La segunda de Schumann podría estudiarse únicamente desde el punto de vista de su factura técnica, como una obra perfectamente académica, ajena a las corrientes decimonónicas de la música programática y del nacionalismo musical. Aparentemente nada hay en el clasicismo de sus formas y en el rigor de su lenguaje que escape de un análisis estricto de la partitura… si no fuera por el enorme peso romántico que tienen los datos biográficos del autor.

            La vida de Robert Schumann se jalona en torno a períodos de depresión de los que, mal que bien, tendía a recuperarse durante algunos años. Se dice que incluso su estilo musical muestra con frecuencia ese desequilibrio. Piénsese en los acentos extraños o fuera de lugar que hacen “cojear” algunas de sus piezas para piano o en las modulaciones inesperadas a modalidades lejanas como reflejos de una personalidad poco estable en su ánimo vital. Su boda con Clara Wieck (1819-1896) inauguró un período que prometía ser duradero en cuanto a optimismo, lo cual vino a traducirse en cierta fecundidad creadora. No obstante, la enfermedad regresó sólo dos años más tarde. Schumann se encontraba agotado. Lo que para un compositor es cosa habitual, como pensar una melodía y anotarla, para él se convirtió en un trabajo imposible. «No soy capaz de retener una simple melodía. Mi memoria está agotada.»

            A finales de 1845, sin haberse recuperado, establece una lucha contra sí mismo cuyo resultado es la composición de esta Sinfonía nº 2, que en realidad era ya la tercera, pues guardaba otra casi completa, aunque olvidada en un cajón (la futura cuarta). «De un tiempo acá, tiendo a escuchar trompetas y tambores. Ignoro qué saldrá de ello.» La sinfonía comienza con un motivo de aire protestante y severo en la cuerda, que se retroalimenta del toque sencillo en llamada de las trompetas. Esa llamada estará presente a lo largo de la obra, no como motivo conductor pero sí recurrente y hasta cierto punto unificador.

            «El primer movimiento refleja mi esfuerzo de lucha constante y en su carácter es caprichoso y refractario, malhumorado y perverso. A veces, mi estado de semi-invalidez puede adivinarse en la música.» Schumann se ve tan oprimido mentalmente que trata de elaborar la obra con los patrones más académicos posibles, precisamente tratando de evitar injerencias en ella de su estado anímico. El resultado es el de una obra más cerebral que apasionada, que, aunque no lo consiga, busca evitar la proyección sentimental del autor. Con todo, ese estilo de severidad contrapuntística analítico, alemán, brahmsiano y luterano tenderá a influir a sus compatriotas colegas del futuro, de Brahms a Webern pasando por Bruckner. Su superación del Clasicismo parte de Beethoven y se basa en un despliegue de ítems románticos en el manejo de la orquesta: contrastes dinámicos, tímbricos y en el empleo de motivos más que de melodías. El mismo Scherzo, juguetón y agotador para los violines primeros, a los que Schumann da cuerda y apenas los deja respirar hasta el mismo final del movimiento, se basa en un tictac continuo en el que la melodía consiste en la insistencia del motivo rítmico melódico de los violines.

            Con el tercer movimiento llega finalmente el lirismo a través de una melodía anhelante, cargada de dolor y ternura. Quizá hubiera sido mejor para la salud del compositor el no haberse proyectado en la música y haber continuado la sinfonía con un tercer tiempo exento de su propia alma, como en los dos anteriores. Schumann acabó el adagio exhausto, tanto que tuvo que interrumpir la composición unos meses. No obstante, tal vez gracias al apoyo del siempre bienintencionado Mendelssohn, emprendió el trabajo en el finale con energía. «Al comenzar el finale volví a sentirme mejor». La composición del animado cuarto movimiento debió de influir en su salud hasta tal punto que, en el momento de su conclusión, vio superado el episodio de depresión y la sinfonía quedó en él como «el recuerdo de una época oscura».

            Con todo, la recuperación no fue definitiva ya que en 1853 una recaída dio con sus huesos directamente en el manicomio de la pequeña ciudad de Bonn en que, a la sombra del recién inaugurado monumento a Beethoven, falleció en 1856, a los cuarenta y seis años.

Enrique García Revilla

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