María de Pablos: Castilla (poema sinfónico)

Notas al programa. Orquesta Sinfónica de Burgos. Abril 2022

MARÍA DE PABLOS (Segovia, 1904- Madrid, 1990)

Castilla

La corriente del Castellanismo en música II

Composición: 1927. Estreno: Madrid: 1927, Orquesta Filarmónica de Madrid. Director: Arturo Saco del Valle

            María de Pablos pertenece por derecho a la denominada generación musical del 27 tanto por nacimiento como porque en aquel año tuvo lugar el estreno de su obra principal, el poema sinfónico Castilla. Partiendo de la tremenda admiración que despierta dicha partitura, puede afirmarse que su talento enorme y absolutamente inusual prometía una carrera al nivel de sus coetáneos Joaquín Rodrigo, Barber, Copland, Tippett… No obstante, una enfermedad mental provocó que su creatividad quedase prácticamente anulada a los veinticinco años. Su último medio siglo, hasta 1990, lo vivió recluida en un sanatorio madrileño sin producir ninguna música.

            Castilla es el producto milagroso de una alumna de Conrado del Campo en el Conservatorio de Madrid. Es lógico pensar que ya había compuesto otras piezas menores con anterioridad, de las cuales sólo se conserva un Ave verum para coro. No obstante, de forma paralela a como en aquella época se creía que la historia de la literatura española surgía desde un gran poema épico, El cantar de Mío Cid (las pequeñas jarchas fueron descubiertas unas décadas después), la carrera de María de Pablos queda inaugurada en 1927 a lo grande, con esta partitura sinfónica en gran formato de temática cidiana. Como en el caso de cualquier alumno, sus modelos se encontraban tanto en los autores a los que la compositora admiraba como en el respeto a su maestro. De Conrado del Campo aprehende la densidad de la textura orquestal y su factura germánica posromántica. No obstante, la compositora no se conforma con imitar, sino que busca su propio lenguaje mediante la adopción del color francés, al que no quiere renunciar como seña de sofisticación centroeuropea. De este modo, sobre una narración musical de cierta severidad straussiana y un paisajismo que frecuenta la pincelada impresionista, la compositora acomoda su primer estilo de juventud en una estética que resultará esencialmente castellana. ¿Y en qué consiste una estética castellana?

            Desde las últimas décadas del Romanticismo, una corriente musical pintoresca y característica impregna el estilo de multitud de compositores españoles: se trata del denominado Alhambrismo, empleado con mayor o menor inspiración, no siempre con maestría, pero lleno de color, de exotismo y de una simbiosis entre giros orientalizantes e hispanos. Con toda probabilidad, María de Pablos estudió la partitura del poema sinfónico de Conrado del Campo titulado precisamente Granada, obra de intensidad germánica en lo armónico y en lo textural, con pellizcos de ese típico estilo alhambrista. Posiblemente con esta partitura como modelo formal y narrativo, se sentó a enriquecer el germanismo de su maestro con los colores del postimpresionismo y, sobre todo ello, imaginó una música que, sin haber sido tomada literalmente del acervo popular castellano (como hacía Antonio José), trata de ofrecer su esencia estilizada de manera certera en hermosas melodías de oboe, en esquemas modales o en el empleo de un poema cidiano como sugerencia programática.

            El redescubrimiento de la música de María de Pablos y en concreto de su poema sinfónico Castilla, permite a la musicología hispana considerar, de forma similar al Alhambrismo en la música, un Castellanismo de características definidas. Aquel año de 1922 en que Falla compone El retablo de Maese Pedro, fue el mismo en que Antonio José compuso su Sinfonía Castellana. Si bien la obra de Falla muestra una estética más personal y europea, posee una raíz castellana y meseteña muy evidente. Por su parte, Antonio José se enmarca en un estilo primo hermano del de María de Pablos, quien posiblemente escuchó alguna de las obras del compositor burgalés. Ambos admiran el posromanticismo germánico cuya factura tienden a sincretizar con los timbres de Ravel y Debussy al tiempo que otorgan a su discurso el aroma a sonidos castellanos. En el caso de Antonio José, la raíz de su castellanismo se halla en melodías tomadas del folclore; en el caso de María de Pablos, en la estilización romántica y sinfónica de elementos evocadores castellanos. Los estilos musicales del Alhambrismo y del Castellanismo permiten su extrapolación al arte plástico de los pintores alhambristas de los siglos XIX y XX, y de los paisajistas castellanos entre Carlos de Haes y Marceliano Santamaría.

            La breve introducción de Castilla sitúa al oyente en una atmósfera impresionista, mediante una nota del arpa sobre trémolos de cuerda y armonías no tonales. De este modo, la autora evoca el título del poema homónimo de Manuel Machado en que se inspira libremente la obra, que en la partitura original, pasa de forma imaginativa a titularse Fue en la época del Cid. La narración del poema comienza con un inspiradísimo primer tema en el oboe caracterizador de la llanura castellana, plena de luz, pero también del drama de tiempos heroicos (El ciego sol se estrella). La autora sabe muy bien que el timbre del oboe trae al subconsciente las cantilenas tradicionales de la dulzaina (y más si se expresa en un modo mixolidio, como es el caso, que tan bien trae reminiscencias medievales), por lo que la castellanidad de la obra queda establecida desde el comienzo. El nudo de la narración corresponde a una caracterización del héroe castellano mediante toques de metal y una narrativa con ciertos aires wagnerianos. Una melodía larga en unísono de violines, a la manera de un recitativo, viene a narrar los versos más sombríos (por la terrible estepa castellana, polvo, sudor y hierro). Aquí se ve que Richard Strauss fue uno de los compositores favoritos de María de Pablos en su época del conservatorio. Llama la atención la maestría de la autora en el manejo de todos los timbres disponibles, como los efectos sul ponticello de los violines, así como los ecos de Till Eulenspiegel o Don Juan. En ocasiones la música adelanta las melodías expansivas que más adelante caracterizarán el lenguaje cinematográfico del Hollywood clásico. La tercera parte, La niña y el Cid recuerda el episodio en que, al destierro, con doce de los suyos, al Campeador se le rechaza en la posada. Todo este nudo argumental ha sido expresado en una estética europea, tanto que la autora, para subrayar o recordar el castellanismo de su partitura, va a cerrarla con un retorno al tema inicial, tan genuinamente hispano y representativo de esta Castilla musical, de igual modo a como el poeta finaliza con una vuelta a los versos del inicio: El ciego sol, la sed y la fatiga.

            El descubrimiento de Castilla, de María de Pablos, produce tanto entusiasmo como desolación al constatar un nuevo “caso Arriaga”, el de un genio malogrado, igual que Antonio José. Como Juana de Castilla, fue reina sin corona, confinada toda una vida. Hasta dónde podían haber llegado estos artistas y en qué modo habrían condicionado tanto la historia de nuestra música como la programación de nuestros auditorios no lo sabremos, es una fantasía ucrónica sin sentido práctico, por mucho que nos guste imaginar a nuestros héroes triunfantes.

Enrique García Revilla

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