Consideraciones subjetivas sobre la Novena de Beethoven

Orquesta Sinfónica de Burgos. Coro de la Federación de Corales de Burgos.

Dir. Javier Castro. María Espada (soprano), Marta Infante (Mezzo), Mikeldi Atxandalabaso (Tenor), Marco Moncloa (Barítono). Forum Evolución Frühbeck de Burgos. 27-X-2013.

Concierto en colaboración con la Casa de Europa de Burgos. No sé qué me alegra más de este concierto, si la presencia, una vez más, de María Espada (de la que tan bien hablan blogs amigos de Barcelona), el ansia mutua de los coros y de la Sinfónica por hacer música juntos, la iniciativa de la Casa de Europa… o bien todo ello al mismo tiempo, pues la Novena va a volver a sonar. Creo que lo mejor es la participación.

Vor Gott. Ante Dios.

Vor Gott. Ante Dios.

¿Notas al programa? Más bien, “notas al programa”.

Ludwig van Beethoven (Bonn, 1770- Viena, 1827)

Sinfonía nº 9 en re menor, op. 125.

Compuesta entre 1820 y 1824. Estreno: 7 de mayo de 1824 (¿Quién hubiera estado allí?).

Orquestación: Soprano, contralto, tenor y barítono, coro mixto a cuatro partes, flautín, dos flautas, dos oboes, dos clarinetes, dos fagotes, contrafagot, cuatro trompas, dos trompetas, tres trombones, timbales, bombo, platos, triángulo y cuerda.

¡Mundo, presientes al Creador?

Búscalo por encima de las Estrellas! (Oda a la Alegría)

   A pesar de que, en 1824, Beethoven era considerado de forma indiscutible como el compositor vivo de mayor relevancia, los oídos clásicos no estaban preparados para la música de su última etapa. Una parte importante de la crítica consideró en su día la Novena como el engendro monstruoso de un músico sordo. Si bien varias de sus partes provocaron la admiración y produjeron un innegable efecto en la audiencia (recordamos la anécdota de la mezzosoprano que tocó en el hombro al autor para que éste, al girarse, pudiese ver la ovación final), no puede afirmarse que el balance general del juicio popular hacia esta obra fuese claramente positivo. Todo en ella parecía eludir las características de lo que estaban dispuestos a admitir como sinfonía. Se llegó a discutir a Beethoven incluso la calidad de la música. El ejemplo más evidente se encuentra en el espantoso acorde con que comienzan los dos últimos movimientos. Afortunadamente, los paladines beethovenianos consiguieron imponer su criterio en un plazo corto, fundamentalmente gracias a ese mencionado efecto final del coro sobre la Oda a la alegría. Si damos un salto de casi dos siglos hasta el momento actual, encontraremos un público que acepta la obra en su concepción técnica y en su mensaje de fraternidad, como la obra maestra más universal creada por la humanidad. En palabras deL. Bernstein, la perdurabilidad de esta obra no sólo se extiende hacia el infinito, sino que se trata de la música que más se ha acercado jamás a la universalidad. En la Novena cobra perfecto sentido el tópico de la música como lenguaje universal.

    Desde que el joven Beethoven leyó por vez primera la Oda a la alegría de Schiller, poco después de su publicación, se sintió tentado de llevar dicho texto a la música. Tal vez no quiso hacerlo hasta haber conquistado un lenguaje musical que pudiera estar a la altura. He aquí la clave del pensamiento romántico musical: el profundo respeto por la poesía y la aspiración a la unión entre ambas artes. La Fantasía coral para piano, orquesta y coro (1808), constituyó un ensayo para un proyecto de gran envergadura que aún tardaría dos décadas en materializarse. Después de la octava sinfonía (1812), Beethoven consideraba la composición de otras dos, una de las cuales debería incorporar la voz humana con los versos de Schiller. Tras una serie de vicisitudes, en esta Novena cristalizó la triple ambición de una sinfonía que al mismo tiempo incluía una parte instrumental, otra vocal y el empleo, por fin, de la Oda. De este modo, tras los primeros movimientos instrumentales, Beethoven se ve en la encrucijada de cómo afrontar la introducción del texto. De acuerdo con la ley del crescendo de la que habla Berlioz, éste no aparecerá de forma repentina, sino a través de un insólito fragmento intermedio como es el recitativo instrumental del cuarto movimiento, que no es sino una introducción al último. Los problemas de comunicación que sufría el compositor inspiran la voz interior con que se expresan las cuerdas graves antes de dejar paso a la voz humana: ¡Oh, amigos! Dejemos atrás este tipo de música y permitamos que surja otra más poética. Y a partir de ahí queda abierta la puerta hacia una estética romántica.

    Todo se hundirá. Nada permanecerá en el mundo. Tan sólo la Novena de Beethoven se salvará. En estos términos se dirigió Bakunin a Wagner tras una representación de la obra en Dresde dirigida por el propio Wagner. Sin embargo, ¿cuánto de la Novena comprendió Bakunin? ¿Cuánto comprendieron Wagner y Berlioz? ¿Y cuánto nosotros mismos? Podemos convenir en que un estudio analítico pormenorizado puede conducir a un conocimiento exhaustivo de la obra. También se acepta sin complejos que se puede conocer y juzgar la obra tan sólo escuchándola con atención y dejándose llevar por lo que a cada uno le comunique, sin necesidad de acceder a ella desde el punto de vista compositivo o técnico. En ambos casos, igual de legítimos, las conclusiones críticas apuntan a un lugar en la cúspide en la jerarquía de las diferentes artes. No obstante, la fascinación que produce la Novena de Beethoven en todo tipo de público se debe posiblemente al hecho de que el ser humano aún no ha llegado a comprenderla. Más allá de una melodía bonita, más allá de un coro sobrecogedor, más allá incluso de esa audacia compositiva que sitúa al autor en lo más alto del olimpo artístico, se encuentra posiblemente un mensaje, un testamento que la mente humana no es capaz de comprender. La actitud de quien tratase de descifrar la Novena sería la misma de San Agustín ante el misterio de la Trinidad, pues el genio, como el numen, no pretende ni necesita nuestra comprensión. Esta obra contiene un mensaje explícito de hermandad, alegría, paz y demás términos equivalentes, otorgado abiertamente como un don por parte del autor a la humanidad y, sin embargo, la mente insondable de Beethoven se proyecta en ella hasta el punto de provocar reacciones de aturdimiento en los oyentes; un aturdimiento por exceso de belleza, similar al síndrome descrito por Stendhal, y similar a lo que podría ser una contemplación directa de la transfiguración de la divinidad. Se trata del contrasentido de una creación perfecta por parte de un ser imperfecto. Vor Gott! (ante Dios), canta la Oda de Schiller.

    El oído actual ya ha aprendido a no sentirse perdido ante los primeros compases del movimiento inicial. La generación que vio nacer el romanticismo, se sentía desorientada ante un acorde vacío y mantenido sobre la: la-mi. Exigían que el compositor dejase claro si era la mayor o la menor, o si, tal vez, se trataba de la dominante de re. Hoy eso importa poco, pues nuestra percepción siente la expresión y el misterio; ese misterio que parece surgir de la nada, como la Creación misma. La tradición pitagórica musical, para la cual la distancia entre los astros reflejaba las proporciones de los intervalos musicales, permite una interpretación para este comienzo: Las consonancias primigenias eran desde época antigua los intervalos de octava (diapasón, la-la), quinta (diapente, la-mi) y cuarta (diatessaron, la-mi descend.). Beethoven piensa: “En el principio no había nada, sólo Dios”. La nota la, para los pitagóricos, solía corresponder a la luna, mientras que el mi, representa el sol. Tras unos compases de ambas notas gravitando sobre la nada, Beethoven las convierte en la dominante de un explosivo re menor, como un triunfante “hágase el hombre”, pues la nota re, representa ¡la Tierra!, el centro de la creación. Tiendo a pensar que una persona extremadamente culta como el compositor, conocía la cultura que su época permitía, incluyendo, por descontado, estudios de filosofía y el conocimiento del pensamiento de autores pitagóricos como Ptolomeo o Boecio. Cualquier otra intención del autor que no sea fácilmente interpretable en función de la propia emoción que produce la obra o en función del texto de Schiller escapará siempre a la comprensión humana ordinaria. Según va conociéndose la personalidad del artista, puede uno darse cuenta de que el ritmo insistente del scherzo no es tan sólo un elemento más (no puede serlo), sino que su empleo responde a un motivo que, tal vez tenga que ver con ese brutal  compás a solo de los timbales en fortísimoTampoco el adagio parece responder tan solo a las impresiones o a la inspiración de un paseo campestre, pues el misterioso acorde que abre el fragmento parece querer enmarcar un tipo de belleza no humana, sino ideal o platónica, tal vez divina (Vor Gott!). Y para coronar su obra de arte, Beethoven concibe un movimiento final que equivale a toda una sinfonía en sí. Todo el arte musical preexistente se le queda pequeño al autor, que alarga la forma, intensifica la orquestación, engrandece la envergadura y asesta un golpe mortal al esquema tan querido por los clásicos del tema con variaciones.

    Si has llegado hasta aquí leyendo (lo primero enhorabuena y un saludo), te habrás dado cuenta de que no son éstas unas notas al programa, sino, como digo siempre, unas líneas de lectura a propósito de la música. Me resultan interesantes las notas al programa que te explican la génesis de una obra y su contextualización histórico-artística, pero eso se puede encontrar en internet.

  ©2013 Enrique García Revilla

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Enrique García Revilla. PhD.
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10 Responses to Consideraciones subjetivas sobre la Novena de Beethoven

  1. José Luis says:

    Sensacional, no pares… Lo único cuestionable es que ahora esto otro también se puede encontrar en internet. Muchísimas gracias!

  2. Josep Olivé says:

    Soy de los convencidos de que la música ya no fué igual a partir de la novena. Sucedió eso tan manido pero a la vez tan cierto del “antes” y el “después”. O sea, la novena partió la música en un antes y un después. La tercera hizo temblar el tiempo, la quinta lo golpeó, y la novena ya lo fracturó sin remedio. Todo el sinfonismo posterior no sería el que hoy conocemos sin la novena. Tal es su majestuosidad, tal es su grandeza, de fondo y de forma. Su inicio sombrio, sobrecogedor, su impactante scherzo (jamás oido cosa igual antes), su brillante canto a la alegria…y su adagio, por encima de todo su adagio, del que no hay buena interpretación que no me haga saltar lágrimas. Te seré sincero: es muy tarde ahora y pienso leer éste análisis mañana después del trabajo con detenimiento. La novena y este post se lo merecen. ¡Grácias!

  3. ¿Quién estaba dictando a Beethoven todo eso? No podemos alcanzar a comprender a los genios, pero en este caso, siempre me quedo muy lejos. Y espero que así siga siendo.
    Por encima de todo su adagio. Lo comparto contigo.

  4. angels says:

    Sin comentarios solo decirte !!Muchas Gracias !! U.A.y adióooos

  5. Buenas noches Enrique,
    Un texto estupendo, muchas felicidades y muchas gracias.

    • Gracias Joseba. Ya sabes, si quieres pasarte por Burgos el día 27, tenemos “Novena participativa”. En seguida leeré tu último apunte sobre Chereau. Se hizo muy célebre su anillo en Bayreuth, pero poco celebrado por los wagnerianos. Ya te diré.

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