El último concierto de Tchaikovsky

Notas al programa del concierto del día 1 de febrero de 2015.
Los amigos de la Orquesta Sinfónica de Burgos ya tienen estas notas desde hace una semana. Si quiere hacerse Amigo de la Osbu, para beneficiarse de una serie de ventajas, puede hacerlo desde aquí.tchaikovsky1_n

El último concierto de Tchaikovsky. 28 de octubre de 1893: Concierto para piano op. 23 y Sinfonía nº 6.
Director: Javier Castro; Piano: José Abel González.

Concierto para piano, op. 23 en Si bemol menor.
Composición: Otoño de 1874. Estreno: Boston, 25 de octubre de 1875. Piano: Hans von
Bullow.

Una de las meteduras de pata más sonadas de la historia de la música tuvo lugar el día de nochebuena de 1874, cuando en una reunión de amigos, el joven Tchaikovsky, con toda su buena voluntad, pidió a Nicolai Rubinstein, que era a la sazón director del Conservatorio de Moscú, que tuviera la bondad de escuchar su primera gran composición para piano y orquesta. Tchaikovsky le dijo:

-Mire, como no soy pianista necesito que alguien que sí lo es me dé su opinión.

Y acto seguido interpretó su obra ante un impasible Rubinstein, que no se dignó a emitir juicio alguno hasta que el joven “no pianista” hubo finalizado su interpretación de la obra completa. Entonces, el director le indicó que su partitura era poco menos que un enorme montón de notas sin sentido del que tan sólo podrían salvarse algunos fragmentos. El compositor, dolido en su orgullo, pues esperaba más halago que crítica, hizo acopio de ego y se negó a realizar modificación alguna. Eliminó la dedicatoria a Rubinstein y cambió su nombre por el de uno de los monumentos a la bonhomía romántica, Hans von Bullow, quien marchó a estrenarla medio mundo hacia el oeste en el otoño de 1875: Boston.

Esta conocida anécdota desvela de manera secundaria una característica de relevancia en el carácter de Tchaikovsky: ¿Cómo es posible que una persona se considere “no pianista” y al mismo tiempo sea capaz de interpretar al piano una obra semejante delante de Rubinstein?

Tchaikovsky es uno de los compositores de quienes se hace indispensable conocer datos biográficos y psicológicos para comprender que detrás de los sonidos musicales suele haber algún tipo de implicación autobiográfica. Durante casi toda su carrera fue un hombre que conjugó en su producción artística la perniciosa combinación de una altísima autoexigencia con la inseguridad patológica de su carácter. Conocemos testimonios suyos en los que se lee con claridad que se exigía demasiado incluso ante el resultado triunfal de alguna de sus partituras. Von Bullow triunfó en América con este concierto y lo trajo de vuelta a Europa como una obra ya consagrada. Aún así, en años posteriores, el autor decidió realizar otras dos versiones modificadas.

Los primeros compases del Concerto encabezan el catálogo histórico de los íncipits sinfónicos que mejor aúnan grandiosidad y celebridad, junto al de la Quinta de Beethoven o al del Oratorio de Navidad de Bach. Sin lugar a dudas, la idea del tema inicial de la cuerda representa una cima de la inspiración melódica de su autor, quien unas semanas antes escribía a su hermano Modest: Me gustaría componer un concierto para piano, pero me faltan ideas e inspiración. Hay quien ha tratado de ver en dicha melodía, que no volverá a aparecer, una especie de compendio de los diferentes motivos
y temas de la obra, varios de los cuales poseen su origen en canciones populares, como el del interludio del segundo movimiento o el que con su aire eslavo surge del piano inmediatamente después de la introducción, tras el toque de las trompetas. En cualquier caso, varios de estos motivos reaparecen y se transforman una y otra vez en los diferentes movimientos, fundamentalmente a través de intervenciones virtuosísticas del solista. Estas reapariciones motívicas le hacen a uno pensar osadamente (puesto que juzgar el arte a posteriori es mucho más sencillo que hacerlo en el propio momento de la creación) si acaso no contempló Tchaikovsky, fundamentalmente para asegurarse el éxito de público, la posibilidad de finalizar o coronar su obra con una reaparición majestuosa del célebre tema inicial, al que habría de llegarse mediante uno de esos pasajes de transición inequívocamente tchaikovskianos, en los que, antes de alcanzar un clímax, la tensión aumenta hasta que parece que algo va a explotar en la orquesta (Si no sabes bien de qué estoy hablando, echa un vistazo a este vídeo, si quieres desde el minuto 2). Afortunadamente, el autor no necesitó la opinión de nadie para completar su obra, ni siquiera la de Rubinstein, quien un año más tarde ya era uno de los paladines de este Concierto para piano, opus 23.

Sinfonía nº6, “Patética” en si menor, op. 74
Composición: Febrero-agosto de 1893. Estreno: San Petersburgo, 28 de octubre de 1893. Director: P. I. Tchaikovsky.
El último concierto que ofreció Tchaikovsky tuvo lugar el 28 de octubre de 1893 en San Petersburgo. El primer concierto para piano compartía programa con el estreno de su Sexta sinfonía. Se alojaba en un pequeño apartamento alquilado que hoy día es perfectamente localizable, aunque absolutamente anónimo y bastante miserable, con su hermano Modest y su sobrino Bob. La sinfonía fue recibida casi con frialdad por parte de un público que, con toda seguridad, esperaba un final grandioso que excitase los mecanismos de su entusiasmo para poder así volcarse en una instintiva ovación a su compositor favorito. En lugar de esto, el compositor ofrece un último movimiento fúnebre en el que el sonido se desvanece sin rastro de pomposidad. Por descontado, Tchaikovsky, que ya no era el jovenzuelo del primer concierto para piano, contaba con que el público tendría esta reacción. No es cierto, como ha sido dicho con poco juicio, que por algún motivo cambiase el orden de los dos últimos movimientos. Está claro que el tercero arranca con el carácter saltarín y revoltoso de un scherzo y él mismo indicó en una carta a Bob el esquema de su obra: Durante el viaje me vino la idea para una nueva sinfonía, esta vez con un programa, pero un programa que será un acertijo para todo el mundo. Veremos si alguien es capaz de adivinarlo. La obra se titulará: Sinfonía programática (Nº6). El programa de esta obra está impregnado de mí mismo y con mucha frecuencia, durante mi viaje, lloré profusamente. Una vez de regreso en casa me puse a trabajar y la obra avanzó de forma tan intensa y rápida que el primer movimiento estaba acabado en menos de cuatro días y los otros ya cobran forma en mi cabeza. La mitad del tercero está ya hecho. Habrá muchas novedades formales: el finale, por ejemplo, no será un potente allegro, sino el más pesante adagio. No puedes imaginar mis sentimientos de dicha ahora que me veo de nuevo capaz de trabajar. Ese significado oculto ha dado lugar a multitud de especulaciones, sobre todo teniendo en cuenta que el autor iba a morir, inesperadamente para todos, una semana después del estreno. La hipótesis del suicidio ha perseguido siempre a Tchaikovsky. Incluso hoy día mucha gente continúa manteniendo esta teoría como la más probable en torno a su muerte. No obstante, debido a la cantidad de documentación recogida sobre sus últimos días, comprobamos que el compositor llevó a cabo una vida social y profesional extremadamente activa durante los días previos a su fallecimiento, algo que no casa con la figura del hombre que termina suicidándose. Asimismo, su agenda estaba ya llena de
compromisos, incluyendo el inminente estreno moscovita de la sinfonía, la terminación del tercer concierto para piano e incluso un nuevo viaje a Londres en primavera. Somos muchos los que, por muchos motivos, nos negamos en ver en esta Sexta sinfonía un autorrequiem de su autor. Con todo, parece ser que fue el cólera, contraído de forma no voluntaria, quien se llevó a Tchaikovsky a los 53 años.

    Sea cual sea el programa que subyace en la obra, la música es tremendamente hermosa y guarda, en la aparente sencillez de algunos momentos, una extraordinaria complicación en su factura. Su primer movimiento posee momentos que arrancarían lágrimas al alma más insensible. Con el segundo, en el que Tchaikovsky quiere engañar al oyente con una belleza de raíz pretendidamente popular, consiguió que el mundo entero aceptase un compás de medida irregular (Se trata de un cinco por cuatro), un logro que sólo los Beatles han conseguido igualar. El tercero transforma ese juego musical, ese scherzo, en un apoteósico ir y venir de tensiones musicales. Y el finale, contrariamente a la lógica impuesta por un millón de años de evolución humana, convierte al sapiens sapiens en irracional, y le obliga a anhelar, contra todos los instintos, algún oscuro objeto que ni uno mismo acierta a saber qué es.

© Enrique García Revilla 2015

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Enrique García Revilla. PhD.
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9 Responses to El último concierto de Tchaikovsky

  1. José Luis says:

    Si la interpretación de la OSBU es la mitad de buena que estas notas, conciertazo. Tu forma de ver el fascinante final es brillantísima. Gracias en especial por el enlace al video de Bernstein. Y tambien por el de los Beatles, creo que voy a atreverme a intentar aprender que es eso de cinco por cuatro.

  2. Te puedo asegurar, amigo José Luis, que la interpretación que prepara la OSBu con el pianista parisino José Abel González, será muy superior a cualquier cosa que leas por aquí. Pero que, muchas gracias, vamos que se agradece. Me quedo más ancho que la meseta norte.

  3. Regí says:

    Muy interesante el programa y tus notas. De hecho son las dos obras que prefiero de Tchaikovski. El concierto para piano es mi favorito tras el 5º de Beethoven, “Emperador”. Ambos son la cumbre del género a mi humilde entender. Con lo que no estoy de acuerdo es con la “bonhomía” de Hans von Büllow. No es que fuera extremadamente antisemita, que lo era en grado sumo, sino que también era un maltratador que agredía física y psiquícamente a Cosima, su mujer. Tal era así que la señora llegó a pensar en suicidarse como le comentó a su amigo Nietzsche. En estas circunstancias no es de extrañar que le diera plantón al criminal esposo y se “acercara” a Wagner, amigo también de Büllow. De premio nació Isolde, nominalmente hija de Büllow, pero realmente de Wagner. Así se firmó un documento ante el rey Ludwig para detener el escandalo que el trío provocaba ante el estupor de la ultraconservadora Munich de entonces. A todo esto, Büllow, muy wagneriano, era lo que suele decirse “cornudo consentidor”. Lizst era amigo o familia de todos ellos y también se llevó un buen enfado. Consentidor sí, pero malvado… Se negó a concederle el divorcio a Cosima para que pudiese casarse. Asimismo se cerró en redondo a cederle los hijos, tres en total – dos suyos – para fastidiar ya que no se ocupaba de ellos. Unos cuantos años fue la cosa así. En palabras de la maltratada Cosima: “Cuando tuve que elegir entre el hombre y el dios…la decisión solo podía ser una.” También hay que decir que Büllow, junto con Levi eran los mejores directores del momento, al menos en el repertorio wagneriano.

    Vayamos, si me lo permites, a la sinfonía. La 6ª es mi favorita, especialmente el movimiento final, ese adagio entre lamentoso, quejumbroso y lacrimoso que sirve de requiem y de epitafio no solo porque el compositor murió poco después del estreno como bien dices; lo cierto es que había algo más. Tchaikovski era homosexual al estilo de Ludwug, es decir, reprimido y con complejo de culpabilidad. Si que decir tiene que la homosexualidad en esa época podía costar muy cara. Es lo que le sucedió a Oscar Wilde por su affaire con un jovencito aristócrata. Trabajos forzados que lo hundieron física y moralmente. Como Ludwig, Tchaikovski hizo lo que pudo para “curarse”. Intentaron “acercarse” a jovencitas, pero ese plato no era de su gusto. Lo mismo que el británico, el ruso quedó encandilado por un jovenzuelo próximo a la familia del zar. Existía una doble moral en la Corte: haz lo que te apetezca, pero que no trascienda que somos un modelo de familia a imitar. El asunto se supo, lo que significaba que el compositor estaba en peligro. Aprovechó para emigrar a los EEUU, donde dio una gira de conciertos y ganó mucho dinero. Pero el contante no lo es todo y por muy ciudadano del mundo que fuera, lo cierto es que sentía nostalgia de la madre patria; así que volvió. Eso fue su perdición. Cuando era estudiante perteneció a una sociedad que ahora se veía desprestigiada por su condición de homosexual. Debía moría para expiar su culpa y dejar limpio el buen nombre de la organización. Por aquel entonces había una epidemia de cólera. Le obligaron a beber un vaso de agua del grifo sin hervirla previamente. De este modo se aseguraban su muerte y que pareciera una imprudencia o un suicidio a mucho estirar. No hay unanimidad. Hay quien apuesta por el suicidio y quien lo hace por el asesinato. Todo ello por algo tan “etéreo” como el “honor” que vaya usted a saber qué es exactamente.

    Cuando escucho este adagio tan fúnebre algo me dice que preludia una desgracia, me recuerda a otro adagio famoso, el que escribiera Bruckner cuando se enteró que Wagner había muerto en su 7ª Sinfonía, así como el adagietto de la 6º de Mahler. Todos ellos son tan emotivos como hermosos y tristes, muy tristes.

    Espero no haberme confundido de número de sinfonía…:D

    Regí

  4. rexval says:

    Muy interesante el programa y tus notas. De hecho son las dos obras que prefiero de Tchaikovski. El concierto para piano es mi favorito tras el 5º de Beethoven, “Emperador”. Ambos son la cumbre del género a mi humilde entender. Con lo que no estoy de acuerdo es con la “bonhomía” de Hans von Büllow. No es que fuera extremadamente antisemita, que lo era en grado sumo, sino que también era un maltratador que agredía física y psiquícamente a Cosima, su mujer. Tal era así que la señora llegó a pensar en suicidarse como le comentó a su amigo Nietzsche. En estas circunstancias no es de extrañar que le diera plantón al criminal esposo y se “acercara” a Wagner, amigo también de Büllow. De premio nació Isolde, nominalmente hija de Büllow, pero realmente de Wagner. Así se firmó un documento ante el rey Ludwig para detener el escandalo que el trío provocaba ante el estupor de la ultraconservadora Munich de entonces. A todo esto, Büllow, muy wagneriano, era lo que suele decirse “cornudo consentidor”. Lizst era amigo o familia de todos ellos y también se llevó un buen enfado. Consentidor sí, pero malvado… Se negó a concederle el divorcio a Cosima para que pudiese casarse. Asimismo se cerró en redondo a cederle los hijos, tres en total – dos suyos – para fastidiar ya que no se ocupaba de ellos. Unos cuantos años fue la cosa así. En palabras de la maltratada Cosima: “Cuando tuve que elegir entre el hombre y el dios…la decisión solo podía ser una.” También hay que decir que Büllow, junto con Levi eran los mejores directores del momento, al menos en el repertorio wagneriano.

    Vayamos, si me lo permites, a la sinfonía. La 6ª es mi favorita, especialmente el movimiento final, ese adagio entre lamentoso, quejumbroso y lacrimoso que sirve de requiem y de epitafio no solo porque el compositor murió poco después del estreno como bien dices; lo cierto es que había algo más. Tchaikovski era homosexual al estilo de Ludwug, es decir, reprimido y con complejo de culpabilidad. Si que decir tiene que la homosexualidad en esa época podía costar muy cara. Es lo que le sucedió a Oscar Wilde por su affaire con un jovencito aritócrata. Trabajos forzados que lo hundieron física y moralmente. Como Ludwig, Tchaikovski hizo lo que pudo para “curarse”. Intentaron “acercarse” a jovencitas, pero ese plato no era de su gusto. Lo mismo que el británico, el ruso quedó encandilado por un jovenzuelo próximo a la familia del zar. Existía una doble moral en la Corte: haz lo que te apetezca, pero que no trascienda que somos un modelo de familia a imitar. El asunto se supo, lo que significaba que el compositor estaba en peligro. Aprovechó para emigrar a los EEUU, donde dio una gira de conciertos y ganó mucho dinero. Pero el contante no lo es todo y por muy ciudadano del mundo que fuera, lo cierto es que sentía nostalgia de la madre patria; así que volvió. Eso fue su perdición. Cuando era estudiante perteneció a una sociedad que ahora se veía desprestigiada por su condición de homosexual. Debía moría para expiar su culpa y dejar limpio el buen nombre de la organización. Por aquel entonces había una epidemia de cólera. Le obligaron a beber un vaso de agua del grifo sin hervirla previamente. De este modo se aseguraban su muerte y que pareciera una imprudencia o un suicidio a mucho estirar. No hay unanimidad. Hay quien apuesta por el suicidio y quien lo hace por el asesinato. Todo ello por algo tan “etéreo” como el “honor” que vaya usted a saber qué es exactamente.

    Cuando escucho este adagio tan fúnebre algo me dice que preludia una desgracia, me recuerda a otro adagio famoso, el que escribiera Bruckner cuando se enteró que Wagner había muerto en su 7ª Sinfonía, así como el adagietto de la 6º de Mahler. Todos ellos son tan emotivos como hermosos y tristes, muy tristes.

    Un rasgo de la personalidad de Tchaikovski era la falta de confianza en sí mismo y en su obra, sin duda debido a sus circunstancias personales. En ello coincide con el mencionado Bruckner y su falta de seguridad que le llevaba a admitir la “correcciones” de sus colegas de manera de de cada sinfonía suya tenemos varias versiones aunque la original es la mejor. Algo similar sucedía con el alcoholizado Mussorgsky En el caso del austriaco su punto de mira iba dirigido hacia el sexo opuesto, pero siendo ya bastante maduro quienes le atraían eran la jovencitas, que lo rechazaban pues no era ni joven, ni guapo ni rico.

    Saludos
    Regí

  5. Pingback: Tchaikovski. Del allegro de la juventud al adagio lamentoso que presagia su muerte. | El Cavaller del Cigne

  6. Gracias, Rex, por tu aportación. Date cuenta de que son estas sólo unas notas al programa con un fin de divulgación nada más (y nada menos). Hay al menos cuatro teorías diferentes sobre la muerte de Tchaikovsky, para que cada uno pueda elegir la que más le guste. Unas muy literarias y románticas, otras más mundanas y por tanto más probables. ¡Pobre Piotr! De Bullow, en realidad sólo hacía referencia a lo que generalmente conocemos los asistentes a conciertos: Ricardo me quita la mujer, pero me aguanto, lo consiento y, además, sigo interpretando sus obras.
    Saludos, ¡che!

  7. José Luis says:

    “Con el segundo, en el que Tchaikovsky quiere engañar al oyente con una belleza de raíz pretendidamente popular, consiguió que el mundo entero aceptase un compás de medida irregular (Se trata de un cinco por cuatro), un logro que sólo los Beatles han conseguido igualar.”

    Tal como amenacé, he intentado enterarme un poco, pero, para empezar, me he topado con esto sobre el compás del “All You need is love” de los Beatles con que enlazas

    “La estructura de la canción es compleja. La parte principal (el verso) está en el poco usual tiempo 7/4, sumando un total de dos compases de 7/4, uno de 8/4, luego regresa a 7/4 con los coros repetidamente cantando “love, love, love” . En contraste, el coro es simple: “All You Need is Love”, en tiempo 4/4 repetido contra la respuesta de los metales, pero cada coro tiene solamente siete compases, lo opuesto a los usuales ocho, y la séptima es 6/4, para finalmente regresa al verso en 7/4. ”

    Me ha quedado clarísimo 🙄 ¿Quizás es que el logro compartido a que te refieres no era que se aceptase el 5/4 sino una medida irregular?

    • Exacto. Entendemos como compases de medida irregular (también los llaman “de amalgama”) aquellos que tienen no dos, tres o cuatro tiempos -o múltiplos de éstos-, sino los que tienen cinco, siete, once o trece. Aunque son bastante frecuentes en el folklore de numerosos pueblos (el 5/4 es muy castellano: lo llamamos tiempo de rueda), el oído occidental está acostumbrado a que la medida regular domine el 99% de la música que aquí consumimos. Tchaikovsky compone ese “Vals de las tres piernas” y consigue que a los músicos académicos se nos abra una ventanita al mundo de la etnomusicología, en el que la música es natural siempre: lo irregular es la forma en que la escribimos.

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